A LOS VISITANTES / TO VISITORS

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Cortesía de Eva Matute

[*Misc}-- Orgullo de padre: Mini-vídeos de mi hija Alicia

Mi hija Alicia es ilustradora de libros infantiles, y autora de estos dos cortos vídeos (cuentos en imágenes con fondo musical) basados en personajes creados por ella y que ha colocado también en su blog.

El ratoncito Little Phillipe (Pequeño Phillipe). Para ver el vídeo, clicar AQUÍ.

Y El zorrito Perdido.Para ver el vídeo, clicar AQUÍ.

[*Otros}-- El invierno en Tenerife: Una hora menos y varios meses de adelanto

Enero de 2001

Carlos de Hita

En otras épocas, el Teide debió de sonar mucho más que ahora, pero de aquellos estruendos no quedan ahora ni los ecos. Suena el invierno, que en esta isla es casi un anticipo de la primavera para la que aún queda tanto.

Vista desde el mar, la isla de Tenerife es como el edificio sobre el que se yergue el volcán. De la misma manera que las nubes forman estratos a distintas alturas sobre las laderas, los paisajes vegetales se superponen en capas, según la altitud, la inclinación del suelo y el grado de humedad aportado por esas nubes. Toda la isla forma parte de las llamadas Afortunadas. Pero, como veremos, algunas de esas franjas reúnen más méritos que otras para recibir tal calificativo.

Empieza este recorrido por arriba, en las faldas del Teide, imponente pero apagado. El vacío más absoluto suele imperar en Las Cañadas, las planicies de grava y los malpaíses que se extienden entre las faldas del volcán y los escarpes rocosos que forman la caldera volcánica. Aquí lo normal —guaguas, y turistas del Parque Nacional, aparte— es que sólo se escuche el soplo del viento, aunque, eso sí, con una gran variedad de matices.

Cada arista, cada oquedad, cada borde astillado de la roca volcánica, produce un siseo, un bufido distinto. A veces, sólo a veces, los cantos y reclamos de algunas aves destacan sobre el sonido del aire: un alcaudón real que repite su llamada, áspera y elástica, desde lo alto de una tabaiba; o la voz rítmica y repetitiva de un mosquitero canario, un pájaro presente en todos los rincones del archipiélago. Y nada más.

En los escarpes de la caldera —como, por ejemplo, el llamado risco de la Fortaleza— anidan algunas aves rupícolas, como los cernícalos vulgares, pequeños halcones que, de guiarse por el oído para atrapar sus presas, morirían de inanición, dado el silencio imperante.

Ladera abajo, por el borde exterior de la caldera, el ambiente es mucho más ameno. Crecen por aquí los bosques de pino canario que forman la llamada Corona Forestal. Arboledas muy abiertas, de copas altas y mucho vuelo, donde vive el pinzón azul, endémico de este tipo de pinares.

Se escucha el canto de un macho, como un trino que asciende y cae, mezclado con los silbidos simples del reclamo emitidos por una hembra. Los pinzones suelen deambular por las copas, pero más abajo, entre la escasa cobertura del sotobosque, cantan ocultas las currucas capirotadas.

Posadas en el suelo de una degollada, un collado estrecho, chillan dos chovas piquirrojas. A veces se producen también extrañas armonías: canta un mirlo, y un pico picapinos parece que acompasa sus tableteos al fraseo del ave. Asistimos a un efímero concierto para mirlo y percusión.

Más abajo aún el terreno se vuelve tortuoso. Las coladas volcánicas primero, y las aguas torrenciales después, han excavado profundos barrancos, paisajes hundidos en los que el cielo no es más que una estrecha franja azul entre paredes oscuras.

TeideElMundo

(Panorámica del volcán del Teide, desde el Parque Nacional del mismo nombre. Foto: El Mundo).

El murmullo del agua se hace presente por primera vez. Las galerías abiertas en los riscos encauzan las corrientes que se filtran de la roca porosa y las reparten hacia los huertos y acequias situados aguas abajo. La atmósfera resuena hueca, con una reverberación que permite imaginar la forma del barranco. Llegan hasta aquí pequeñas matas, retazos de las laurisilvas que en tiempos mejores crecieron más abajo; y con ellas el tenue arrullo de las palomas turqués, endémicas de aquellos bosques. En los prados y matorrales cantan los canarios, los de verdad. Y sus voces, peor educadas, menos elaboradas y barrocas que las de sus congéneres enjaulados, tienen sin embargo la sonoridad de la libertad. Junto a los canarios sisean los reyezuelos y trinan los bisbitas camineros.

El descenso por las laderas del Teide acaba casi de noche, casi en la orilla del mar. El rumor de las olas sube monte arriba, y con él suben también las voces de las aves marinas. Varias pardelas cenicientas revuelan con sus llantos como de muñeco mecánico. Al tiempo, un paíño de Madeira pasa de largo. Pardelas y paíños pertenecen a ese grupo de aves marinas, las procelariformes, que sólo acuden a tierra en época de cría, habitualmente de noche, y pasan el resto del año deambulando por los océanos, seguramente en silencio.

Más modestas, sin pretensiones viajeras, las ranitas meridionales canarias croan a coro desde las acequias y albercas que almacenan el agua de riego. Parecen contentas, quizá por haber encontrado un buen rincón para instalarse en esta isla afortunada.

Fuente: El Mundo

[AF}-- Tu cara

No eres responsable de la cara que tienes, eres responsable de la cara que pones.

Anónimo

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Cortesía de Ramón López

[*FP}-- Reencarnación (1/5): De aguas y de montaña

Carlos M. Padrón

Introducción

Mientras estuve en Canarias, y tal vez por el contubernio que entonces existía entre franquismo e Iglesia Católica, nunca escuché hablar ni de astrología —lo cual ya dije en otro articulo— ni de reencarnación. De ambos conceptos escuché por primera vez estando ya en Venezuela, país al que llegué a mediados de 1961.

Sin embargo, luego de vivir fuera de Canarias por 47 años, y después de haber leído mucho acerca de la teoría de la reencarnación, me he formado una idea de cómo podría encajar en esa teoría.

Pero antes de llegar a mi conclusión, describiré algunos hechos un tanto difíciles de explicar, y que me llevan a ella.

De aguas y de montaña

La inmensa mayoría de las casas de El Paso tenían lo que llamábamos ‘estanque’, un embalse en el que se recogía agua para regar las huertas en las que se sembraban papas (patatas), millo (maíz), tomates, cebollas, coles, tabaco, etc. Eran embalses de tamaño entre pequeño y mediano, y yo estaba más que acostumbrado a verlos; es más, en dos de ellos aprendí a nadar,… si es que lo que hago puede llamarse nadar.

Sin embargo, el día en que mi padre me llevó a ver el aljibe de Enrique —un hueco en la tierra cubierto por una placa de madera ligeramente alzada del piso, y a cuyos lados había bocas por las que podía verse, a nivel bastante bajo, el agua oscura y quieta— sentí un extraño miedo, y nunca quise acercarme mucho por ese lugar aunque estaba muy próximo a la finca que en Enrique tenía mi padre.

Años más tarde, cuando comencé a visitar el área de la costa y me acerqué a uno de los grandes embalses en los que se recogía agua para regar las plantaciones de plátanos (cambures), me impresionó ver lo profundos, anchos y largos que eran algunos, y que estuvieran rebosantes de agua. Pero el asombro se tornó en terror pánico el día en que me acerqué a uno de los que más me gustaba ver y, a pesar de su profundidad, lo encontré casi vacío. Sin poder contenerme, di media vuelta y me alejé sintiendo que el corazón quería salírseme por la boca.

Como no me gusta sufrir de dependencias, adrede volví a acercarme a ese embalse —y lo he hecho cada vez que he vuelto a Argual, pues es ahí donde está— y lo más que he logrado es voluntad suficiente para permanecer mirándolo, pero el miedo no he podido evitarlo. He probado con otros de los muchos que hay en lo que llaman Valle de los Espejos —por cómo esos grandes embalses reflejan la luz del Sol— y sigo sintiendo rechazo si son grandes y están llenos, pero tanto más miedo cuanto más lejos del borde esté el agua.

Y las aljibes siguen sin gustarme, estén donde estén, pues generalmente sus aguas están bajas, a varios metros por debajo de la boca de la aljibe.

Y es que, en general, el agua me gusta sólo para beberla y para ducharme. A pesar de haber nacido y de haber sido criado en una isla, detesto la playa y no me gusta el mar. Sin embargo, mi difunto hermano Raúl adoraba el mar y todo lo con él relacionado, como la playa, nadar, navegar, etc. En cambio, si estaba en la montaña —lugar que me gusta a cualquier hora— se las arreglaba para alejarse de ella antes de que anocheciera, pues no soportaba estar en la montaña cuando moría el día.

Ni a mí me ocurrió nunca nada malo en relación al mar, aljibes o embalses de agua en general, ni a Raúl le pasó nunca nada malo en relación a los atardeceres en la montaña, peeeero…..

***

Continuará, algún miércoles, en “Reencarnación (2/5)”.