Padronel

A El Paso, y a Canarias toda

[*FP}-- Reencarnación (3/5): Italia y su lengua

Carlos M. Padrón

Mi primera exposición al idioma italiano fue en el “Bianca C”, el barco en el que en 1961 vine a Venezuela. Buena parte del personal, en especial los camareros, hablaban italiano, y me sorprendió entender algunas palabras de lo que hablaban entre ellos. Lo atribuí a que durante el bachillerato había estudiado yo latín.

En septiembre de 1962 entré a trabajar en Olivetti de Venezuela, una compañía que para entonces era como lugar de tránsito para emigrantes italianos, españoles y canarios, que entraban en Olivetti como vendedores de máquinas de escribir y de calcular, mientras encontraban un trabajo mejor. De ahí que en esa compañía hubiera muchos italianos —incluso la gerencia más alta era detentada toda por italianos— que entre ellos sólo hablaban italiano, y mi oído se acostumbró a escuchar a diario ese idioma, como también tuvo que haberse acostumbrado el oído de los otros muchos hispanoparlantes que allí trabajaban, entre los cuales era yo uno de los de menor antigüedad en la compañía.

Mientras yo hacía antesala para hablar con la persona que me entrevistaría en relación con un trabajo en Olivetti, vi cómo una máquina de color verde, mucho mayor que la mayor de las calculadoras por mi vistas, imprimía sola registros contables sobre un tarjetón preformateado con el diseño propio de una hoja de libro Diario.

¿Una máquina haciendo sola, sin intervención humana, asientos contables? Eso me fascinó. Así lo dije en la entrevista en la que fui aceptado como vendedor de Mecanización Integral, posición en la cual no sólo tenía yo que vender las máquinas Audi —que así se llamaban las del modelo que me había fascinado— sino también programar las que vendiera. Y para que yo aprendiera a programarlas, mi jefe me dio unos manuales escritos en italiano. Para mi sorpresa, entendí casi todo lo que en ellos se explicaba, y pocas veces recurrí a algunos italianos natos que aceptaron darme el significado de las palabras que yo no entendía.

A los de Mecanización Integral se nos dijo un día del verano de 1967 que nuestro gerente en funciones se iría de la compañía y que, para reemplazarlo, vendría alguien directamente desde Italia.

En los primeros días de septiembre de 1967 llegó ese alguien, de nombre Gaspare Cinque, un napolitano que en su primera reunión no nosotros nos hizo saber, con ayuda de un intérprete, que no pensaba estar en Venezuela más de dos años, y que tampoco pensaba aprender español, por lo cual nosotros deberíamos aprender italiano si queríamos entendernos con él.

A mis compañeros les molestó mucho esa declaración, que calificaron de arrogancia, pero yo me la tomé como un reto, y, para mi propia sorpresa, pasados quince días estaba yo hablando italiano con Cinque.

Todos en la compañía se quedaron más que boquiabiertos, pero algunos de mis compañeros me acusaron de adulador porque, según dijeron, para ellos estaba claro que yo me había puesto a estudiar italiano desde que, un par de meses antes, me había enterado —vaya usted a saber por dónde— de que pronto tendría por jefe a un italiano.

Tal acusación era falsa, pues nadie me dijo nada sobre el jefe italiano, y, aunque me lo hubieran dicho, el hecho de que el italiano que llegó declarara su negativa a aprender español sorprendió a todos por igual, desde las niveles más bajos hasta los más altos.

Sin embargo, el más sorprendido fui yo, pues aunque al principio atribuí el caso a mis estudios de latín —muy pobres, por cierto— enseguida caí en cuenta de que entre los hispanohablantes ya mencionados había varios que habían estudiado para Cura, y algunos de entre ellos habían permanecido en el Seminario católico durante ocho años, o hasta el día anterior a su ordenación, día en que salieron corriendo. Ésos sí que de verdad habían tenido que estudiar latín, pero aún habiendo estado en Olivetti más años que yo, nunca hablaron italiano ni lo entendieron.

La primera vez que fui a Italia —en un viaje por cuenta de Olivetti, que será objeto de otro artículo—, me sentí muy a gusto en ese país, pero no en el ambiente empresarial de Olivetti, que era de un insoportable culto a la personalidad, sino interactuando con la gente de la calle. Encontraba en eso algo familiar y agradable.

Durante ese viaje, y terminada ya la parte de trabajo, Cinque me dijo que yo tenía que ir a Venecia. Le hice caso e inicié mi viaje saliendo en tren desde la estación principal de Milano, un sábado muy temprano.

En el compartimento que escogí o que me asignaron —ya no recuerdo— iba yo solo, pero en cada estación subía más y más gente hasta que el compartimento se llenó, y en la próxima estación entró a él una viejita que miró buscando asiento y puso expresión muy triste al no ver ninguno disponible. Cuando la pobre iba ya dando media vuelta para, ayudada por su bastón, buscar asiento en otro compartimento, la llamé y le di el mío, que era uno de los más cercanos a la ventanilla. Yo bajé la mesita plegable que había bajo esa ventanilla, y medio me senté en ella, de espaldas al vidrio y tapando casi toda la luz que entraba desde el exterior.

Y desde esa posición continué hablando con los demás pasajeros, pues sabido es que entre italianos no puede esperarse precisamente silencio.

Pasadas algunas estaciones más, cada vez que nos acercábamos a otra, la viejita me preguntaba si íbamos a llegar a Brescia. Yo me limitaba a mirar por la ventanilla, leer el nombre de la estación, y decirle que no, que la próxima no era Brescia.

Como a la tercera vez que me preguntó, al mirar por la ventanilla y no ver ningún nombre todavía, le dije que yo no sabía si la próxima estación sería Brescia, ante lo cual la señora se molestó y en todo airado me dijo que yo no quería ayudarla. Cuando extrañado le pregunté por qué decía eso, su respuesta me sorprendió:

—¡Porque no es posible que siendo tú de Brescia no conozcas las estaciones de tu región!

—Señora, yo no soy de Brescia; yo ni siquiera soy italiano, y ésta es la primera vez que vengo a Italia—, fue mi respuesta.

Y entonces no sólo la viejita sino muchos de los otros pasajeros me llamaron mentiroso, pues para ellos estaba claro que yo no sólo era italiano sino de Brescia pero que, por algún oscuro motivo, quería negarlo, y eso no estaba bien. La presentación de mi pasaporte medio logró convencerlos.

¿Por qué aprendí italiano con tanta facilidad y rapidez?

¿Por qué si, como aducen algunos, lo aprendí por ósmosis —pues “se me pegó” al escucharlo a diario en Olivetti de Venezuela, cosa que ni antes ni después le ocurrió en esa compañía a nadie más, al menos hasta que me fui de ella— tuve que adoptar el acento de Brescia si, como averigüé después, entre los italianos de esa Olivetti no había ninguno de Brescia, y sé ciertamente que no era de Brescia ninguno de los que trabajaron cerca de mi?

¿Por qué a la primera me gustó la Italia popular, algo que no me ha ocurrido con ningún otro país?

***
Continuará, algún miércoles, en “Reencarnación (4/5)”.

18/02/2009 Publicado por CMP | ■ De filósofo, poeta y.. | , , , | 1 comentario

[*FP}-- Reencarnación (2/5): El toque moruno

Carlos M. Padrón

Desde El Paso, y a pesar de que a los más no les disgustaba el flamenco (el baile, cante jondo y demás), que sólo veíamos en el cine, yo lo detesté desde el primer día. Vi una primera película relacionada con eso y ninguna otra, y, si podía, apagaba la radio cuando ponían música, instrumental o cantada, de ese corte.

Además, no me gustaban las actrices, cantantes o actores que eran iconos de lo flamenco, como Carmen Sevilla, Lola Flores, Antonio Molina, etc. Me atrevería a decir que yo era el único del pueblo a quien esta gente no le gustaba, lo cual me causó más de un problema.

Para colmo, en mi casa no se desvivían por el flamenco, pero tampoco lo detestaban. Es más, entre la colección de CDs de mi difunto hermano Raúl se encontraron muchos con música de ese género. ¿Por qué yo sí lo detestaba y sigo detestándolo?

Por lo ya dicho acerca de las dependencias, durante los muchos años que tuve por hobby grabar y escuchar música, me esforcé por librarme de esa aversión, y lo más próximo al flamenco que he logrado que me guste son los arreglos al piano de Felipe Campuzano. El cante jondo, el taconeo, las contorsiones de los bailarines, etc., y las corridas de toros; en fin, todo eso que tiene una raíz mora, me causa sentimientos de un rechazo atávico, o al menos de naturaleza que no sé explicar.

***

Continuará, algún miércoles, en “Reencarnación (3/5)”.

11/02/2009 Publicado por CMP | ■ De filósofo, poeta y.. | , , | Aún no hay comentarios

[*FP}-- Reencarnación (1/5): De aguas y de montaña

Carlos M. Padrón

Introducción

Mientras estuve en Canarias, y tal vez por el contubernio que entonces existía entre franquismo e Iglesia Católica, nunca escuché hablar ni de astrología —lo cual ya dije en otro articulo— ni de reencarnación. De ambos conceptos escuché por primera vez estando ya en Venezuela, país al que llegué a mediados de 1961.

Sin embargo, luego de vivir fuera de Canarias por 47 años, y después de haber leído mucho acerca de la teoría de la reencarnación, me he formado una idea de cómo podría encajar en esa teoría.

Pero antes de llegar a mi conclusión, describiré algunos hechos un tanto difíciles de explicar, y que me llevan a ella.

De aguas y de montaña

La inmensa mayoría de las casas de El Paso tenían lo que llamábamos ‘estanque’, un embalse en el que se recogía agua para regar las huertas en las que se sembraban papas (patatas), millo (maíz), tomates, cebollas, coles, tabaco, etc. Eran embalses de tamaño entre pequeño y mediano, y yo estaba más que acostumbrado a verlos; es más, en dos de ellos aprendí a nadar,… si es que lo que hago puede llamarse nadar.

Sin embargo, el día en que mi padre me llevó a ver el aljibe de Enrique —un hueco en la tierra cubierto por una placa de madera ligeramente alzada del piso, y a cuyos lados había bocas por las que podía verse, a nivel bastante bajo, el agua oscura y quieta— sentí un extraño miedo, y nunca quise acercarme mucho por ese lugar aunque estaba muy próximo a la finca que en Enrique tenía mi padre.

Años más tarde, cuando comencé a visitar el área de la costa y me acerqué a uno de los grandes embalses en los que se recogía agua para regar las plantaciones de plátanos (cambures), me impresionó ver lo profundos, anchos y largos que eran algunos, y que estuvieran rebosantes de agua. Pero el asombro se tornó en terror pánico el día en que me acerqué a uno de los que más me gustaba ver y, a pesar de su profundidad, lo encontré casi vacío. Sin poder contenerme, di media vuelta y me alejé sintiendo que el corazón quería salírseme por la boca.

Como no me gusta sufrir de dependencias, adrede volví a acercarme a ese embalse —y lo he hecho cada vez que he vuelto a Argual, pues es ahí donde está— y lo más que he logrado es voluntad suficiente para permanecer mirándolo, pero el miedo no he podido evitarlo. He probado con otros de los muchos que hay en lo que llaman Valle de los Espejos —por cómo esos grandes embalses reflejan la luz del Sol— y sigo sintiendo rechazo si son grandes y están llenos, pero tanto más miedo cuanto más lejos del borde esté el agua.

Y las aljibes siguen sin gustarme, estén donde estén, pues generalmente sus aguas están bajas, a varios metros por debajo de la boca de la aljibe.

Y es que, en general, el agua me gusta sólo para beberla y para ducharme. A pesar de haber nacido y de haber sido criado en una isla, detesto la playa y no me gusta el mar. Sin embargo, mi difunto hermano Raúl adoraba el mar y todo lo con él relacionado, como la playa, nadar, navegar, etc. En cambio, si estaba en la montaña —lugar que me gusta a cualquier hora— se las arreglaba para alejarse de ella antes de que anocheciera, pues no soportaba estar en la montaña cuando moría el día.

Ni a mí me ocurrió nunca nada malo en relación al mar, aljibes o embalses de agua en general, ni a Raúl le pasó nunca nada malo en relación a los atardeceres en la montaña, peeeero…..

***

Continuará, algún miércoles, en “Reencarnación (2/5)”.

04/02/2009 Publicado por CMP | ■ De filósofo, poeta y.. | , , , | Aún no hay comentarios

[*FP}-- Mi caballo blanco

Carlos M. Padrón

A causa de la Gran Depresión, mis padres, que para entonces vivían en Cuba con sus tres primeros hijos, dos varones y una hembra, en 1932 regresaron a Canarias en total bancarrota, se residenciaron en la casa que había sido de mi abuelo paterno, y mi padre —con la ayuda que podían darle mis hermanos, apenas adolescentes— se dedicó a trabajar los terrenos que de su padre había heredado y que necesitaron mucho esfuerzo para hacerlos productivos.

Por lo pesado de las tareas y lo que había que transportar en aquel medio agropecuario, se necesitaba una bestia de carga. Según recuerdo haber oído decir a mis hermanos, mi padre compró —en Garafía, Tijarafe o Puntagorda, no estamos seguros— un caballo, de color blanco, que, como todos los dedicados a carga, estaba castrado. Ignoro también qué edad tenía ese caballo cuando llegó a mi casa allá por el año 1935, pero sí sé que, aunque potro aún, era ya útil para el trabajo que de él se requería.

Fui el primero de los hijos de mis padres que nació en Canarias, y me crié viendo desde niño ese caballo blanco. Ya desde los 9 años lo usaba yo para, cabalgando sobre él, llevar en las tardes la vaca a la relva, donde también quedaba el caballo, y yo regresaba a casa caminando, y caminando iba a recogerlos temprano a la mañana del día siguiente.

Si la vaca se escondía entre las frondosas matas de chochos sembradas en la relva, el caballo, al verme llegar, iba a buscarla y la arreaba hasta la puerta, a la que llamábamos ‘cancelón’: una armazón hecha con dos postes de madera, clavados en el piso a la distancia que entre ellos exigiera el uso, y con dos o más pares de huecos en los que encajaban otros tantos largueros, también de madera, que iban de poste a poste, con una separación vertical entre ellos, y hasta una altura que impidiera la salida del ganado.

CMPenCaballoBanco

Foto tomada a mediados de 1948 con los dos animales más útiles de la casa: la vaca y el caballo —Mi caballo blanco— sobre el cual aparezco yo. En pie, mi padre y mi madre. Al fondo, con la puerta abierta, el ‘pajero’ (establo) lugar destinado a guardar al caballo y a la vaca. El nombre de ‘pajero’ le viene de que ahí se guardaban también las pacas de paja para alimentar a ambos.

Si por cualquier motivo, y ya camino a casa, la vaca aminoraba la marcha o se detenía a comer algo, el caballo la mordisqueaba en el anca para que continuara a buen paso. A veces tenía yo que evitar este proceder porque la ubre de la vaca iba tan repleta que el bamboleo al caminar hacía que de las tetas salieran hilos de leche que serían más abundantes si la vaca apuraba el paso.

El caballo cargaba con cereales, pasto para las cabras y la vaca, pacas de pinillo (aguja de pino seca), madera o piñas de pino para alimentar el fuego para cocinar, sacos de gofio, las “mantas” de las acarreas, llenas de trigo o cebada, etc. Era imprescindible para este tipo de labores.

Siendo todos jóvenes, tanto mis hermanos como el caballo, éste sirvió a aquéllos, Raúl y Tomás —quienes en 1946 y 1947, respectivamente, cuando apenas tenía yo 6 y 7 años, emigraron a América— para competir en carreras contra los caballos o yeguas de otros muchachos de su edad, aunque a mi padre no le gustaba que hicieran tal.

Raúl, que fue un joven enamoradizo, se echó una noviecita en el Paso de Abajo, y adoptó la costumbre de ir a verla a lomos de nuestro caballo blanco. A tal fin lo bañaba y cepillaba el domingo en la mañana, y en la tarde, a la hora en que las normas de la época permitían que los enamorados se visitaran, le ponía su montura. Y estando mi hermano muy bien ataviado para la ocasión, montaba en el caballo y se dirigía a casa de su enamorada.

Como ésta vivía en una casa de dos plantas, y le permitían hablar con mi hermano desde la ventana de la planta superior, que daba al camino, Raúl se aparcaba con el caballo frente a esa ventana y, sin bajarse de él, comenzaba a “enamorar”, que era el término decente que para la época se le daba a esa actividad. El no tan decente pero sí mucho más apegado a la realidad, cuya validez se entiende después de que uno tiene más de 60 años, era “jozar mierda”.

Pues bien, cuando eso se repitió por varias domingos consecutivos, nuestro caballo creyó que tener que estar parado, por horas y a pie firme, frente a una estúpida ventana, semana tras semana, era algo que ya se pasaba de castaño oscuro, y un buen día, cuando la visita de Raúl iba por la mitad de lo que solía durar, el caballo soltó un sonoro pedo.

Al principio, mi hermano creyó que había sido un hecho aislado, y avergonzado pidió disculpas a su noviecita. Pero viendo el caballo que la visita seguía, siguió también él con los pedos, cada vez menos distanciados en el tiempo, hasta que mi hermano, avergonzado y hecho una furia, picó espuelas e hizo correr al caballo cuestas arriba hasta llegar a casa.

El pobre animal debe haber sufrido por el castigo que recibió durante esa forzada carrera, pero nunca más tuvo que soportar el martirio de, con el peso de mi hermano sobre su lomo, estar parado por horas frente a una ventana de una casa del Paso de Abajo.

Para colmo, entiendo que este incidente de las emanaciones gaseosas de no muy agradables olores arruinó el incipiente romance que mi hermano adelantaba con esa noviecita, pues a Raúl le dio vergüenza volver a acercarse a ella y, como se sabe, “lejos de vista,…”.

En otra oportunidad, y cuando Raúl, montado en el caballo, regresaba del huerto que llamamos Enrique y se durmió mientras cabalgaba, del patio de una casa del Camino Viejo salió de pronto, ladrando como loco, un perro. El caballo se asustó, hizo un extraño giro, y proyectó a Raúl contra el suelo en una caída que pudo haber sido fatal porque la cabeza de mi hermano pegó contra una piedra.

Faltando ya mis dos hermanos, el único hijo varón que en casa le quedaba a mi padre era yo, y sobre mí recayeron algunas tareas que, a pesar de mi corta edad, podía y debía yo llevar a cabo.

Así, a veces cuando mi padre tenía que ir al campo muy de madrugada, para evitar despertarme tan temprano dejaba el caballo listo con aparejos y carga, como ya dije en Algo de corte esotérico,y cuando mi madre por fin me “despertaba” y me daba el desayuno —leche con gofio, por supuesto—, yo montaba en el caballo, amarraba su cabestro a la punta de la albarda y lo arreaba para que echara a andar.

Cómo lo hacía, no lo sé, pero de los cuatro posibles destinos a los que dirigirse (Padrón, Enrique, La Hoya del Rayo, y El Calderón), el caballo, siempre y por su propia cuenta, iba directo al correcto. ¿Y por qué por su propia cuenta? Por lo de las comillas en “despertaba”, pues yo me dormía sobre él, y dormido llegaba a destino.

Poco a poco, este caballo fue convirtiéndose para mí en un pet o mascota más que en una utilitaria bestia de carga. Yo solía hablarle cuando lo llevaba a abrevar al chorro de Don Diego, o a que le pusieran “zapatos” nuevos en una herrería que entonces había en Cachete y que era, si mal no recuerdo, de alguien apellidado Díaz. Y cuando el peral de casa nos regalaba su siempre abundante cosecha, a espaldas de mi padre le daba yo a comer peras, que al caballo le gustaban mucho.

Una mañana en que bajaba de la relva de La Hoya del Rayo, con vaca y caballo, y yo a lomos de éste, faltando unos metros para llegar a El Abrigado ocurrió algo similar a lo que le había pasado a mi hermano Raúl: de una casa del lado derecho del camino salió de pronto un perro que con sus inesperados ladridos asustó al caballo; éste hizo una contorsión que me lanzó despedido hacia unos troncos de pino —‘vergas’, se les decía— que estaban apilados en el camino frente a la casa de la que había salido el perro, y contra esos troncos golpeó violentamente mi espalda.

Cuando desperté, me encontré dentro de la venta que para entonces había en El Abrigado, sentado en una silla pero al revés (mi pecho contra el respaldo), y una de las varias y preocupadas personas que allí se habían congregado, pasaba alcohol sobre las heridas que, como pude ver luego —iban en diagonal desde mi hombro derecho hasta la base izquierda de la espalda, justo sobre la cintura— eran idénticas a las que, según el cine, ocasionan en una persona los latigazos que se le dan.

Quién me llevó hasta la venta, no lo sé, pero sólo cuando los vecinos allí congregados se cercioraron de que yo había recuperado plenamente el sentido, me permitieron continuar el camino hacia casa, pero haciéndome prometer que lo haría a pie, llevando al caballo sujeto por el cabestro, pues temían que si montaba en él me diera un vahído y cayera.

La vaca y el caballo, como afectados por lo grave del incidente, estaban parados esperando frente a la venta, y, cuando me dirigí al caballo para tomarlo del cabestro, reparé en que el pobre animal estaba todavía temblando, pues era consciente de lo que sin querer había causado.

Uno o dos años después, un grupo de muchachos que a diario llevábamos vacas a las relvas, acordamos ir juntos cuando las relvas estuvieran en la misma zona, y una de estas veces, al llegar al barranco de Las Canales acepté el desafío que “para echar una carrera” me hicieron mis compañeros.

Montado a pelo sobre mi caballo blanco, como en el cine muestran que hacen los indios de las películas del Oeste —pues nunca pude sentirme seguro montando en silla, albarda o ‘basto’, como llamaban a la pieza acolchada que se ponía entre la silla y el lomo de la bestia—, lo hice correr en competencia con las otras 2 ó 3 bestias.

Por mala suerte, el caballo tropezó, y yo salí disparado hacia adelante y caí sobre la arena del barranco, tendido boca arriba y con mi cabeza directamente debajo de la pata delantera derecha del caballo que, para sorpresa de todos, la mantuvo suspendida, con el casco a escasos centímetros de mi cara,… a pesar de que por el miedo al verme caído se puso a temblar y, de pronto, se orinó.

El pobre estuvo muy consciente de lo ocurrido, y también de lo que podía ocurrir si bajaba su pata, y, literalmente, como suele decirse, “se meó del susto”.

A finales del año 1954 mi padre comenzó a preocuparse porque, cada vez con más frecuencia, el caballo se desplomaba bajo el peso de cargas como las que siempre había transportado sin problemas, y, para agravar la situación, en su excremento comenzaron a aparecer trozos de pienso enteros, sin digerir.

A poco se hizo evidente que ya el caballo no servía para lo que mi padre necesitaba de él, pero también era evidente, tristemente evidente, que mi padre sí necesitaba el dinero que por el caballo pudieran darle,… y decidió venderlo.

Un ‘marchante’ (mercader de bestias) natural de uno de los pueblos que señalé como posible origen de mi caballo, se interesó en él y, un aciago día mi padre se lo vendió.

Lo supe cuando al llegar a casa, ya de noche, después de haber concluido la consulta que para las tareas de mis estudios hacía yo en la biblioteca de la casa de mi tía Beneda —situada en la confluencia de la carretera principal con la de la Cumbre— noté una extraña tensión en el ambiente familiar, y, compungida, mi madre me dijo que el caballo ya no estaba en casa.

Haciendo un esfuerzo me senté a cenar con mis padres y mis dos hermanas, todos en un tenso silencio, en especial mi padre, en cuyos ojos se percibía una cierta humedad.

En febrero de 1955, cuando, ya totalmente de noche, salí de la casa de mi tía Beneda para ira la mía, para protegerme del frío reinante tuve que alzar el cuello de mi chaqueta, mantenerla cerrada con fuerza contra mi pecho, y caminar inclinado hacia adelante para poder avanzar contra la fuerza del alocado viento de brisa que soplaba proyectando gotas de agua —las llamábamos ‘chirizo’— que punzaban como alfileres.

Las verdes y escasas lámparas del alumbrado público, colgantes entonces de un cable sujeto entre dos postes ubicados a ambos lados de la vía, saltaban alocadas proyectando luces y sombras en todas direcciones, y el ulular del viento entre las ramas de los eucaliptos que bordeaban la carretera hasta un poco más arriba de Monterrey, era a veces ensordecedor.

Al pasar frente a la entrada a la calle lateral a Monterrey, la que hoy lleva el nombre de Pedro Martín Hernández y Castillo (mi tío-abuelo) a pesar del ruido ambiental escuché un estridente relincho que hizo que me detuviera en seco creyendo que estaba alucinando, pues era el inconfundible relincho de mi caballo blanco. Unos segundos después, y estando yo aún parado y expectante, el relincho sonó de nuevo.

“¡No puede ser mi caballo!” me dije, pues aparte de que hace tiempo se lo llevaron lejos de El Paso, no es posible que, con lo viejo que está, haya podido detectar mi presencia con alguno de sus ya atrofiados sentidos. No con el oído, pues el ruido producido por el viento era mucho; no con el olfato, pues el mismo viento dispersaba de inmediato cualquier olor; y difícilmente con la vista, pues aparte de que no veía ya bien, tendrían que haberse dado tres condiciones: que yo estuviera pasando por la bocacalle, que en ese preciso momento me alumbrara la errática luz de la lámpara, y que el caballo estuviera mirando hacia ese punto, algo poco probable porque no había motivo para que mirara hacia allí.

No obstante todo eso, algo en mi interior me decía que el relincho era de mi caballo, y ese algo hizo que, sin pensarlo más, yo me adentrara en la negrura de aquella calle, que entonces carecía de alumbrado público, y después de avanzar unos 30 metros encontré, atado a la pared y en medio de la oscuridad, a mi caballo blanco que, contento al verme, agitó su cabeza hacia arriba y hacia abajo como en un gesto afirmativo.

Llorando sin poder evitarlo me abracé a su cuello, y el pobre animal comenzó a emitir un extraño sonido gutural, de frecuencia muy baja que, aunque parecido al ronroneo de un gato, surgía entrecortado y tenía ribetes de gemido, de lamento.

No sé cuánto tiempo estuve así, pero convencido de que nada podía yo hacer para remediar aquella situación, armándome de valor me solté del cuello del caballo y, casi ciego por las lágrimas, eché a correr hacia la carretera y puse rumbo a mi casa, siempre corriendo a fin de evitar que hubiera un nuevo relincho y yo pudiera escucharlo.

Al llegar a mi casa, antes de entrar fui hasta la pileta, me lavé la cara, me sequé con mi pañuelo, y cuando creí que ya no serían evidentes las señales de mi llanto, entré.

Ya estaban todos sentados a la mesa esperándome para cenar, pero sin detenerme ni mirarlos siquiera me dirigí hacia mi cuarto mientras decía que iba a acostarme porque me dolía la cabeza.

Nunca más supe de mi caballo blanco, pero por mucho tiempo me torturó la pregunta de cómo y dónde habría sido su muerte.

Tampoco nunca se lo mencioné a mi padre, ni le dije que había vuelto a ver al caballo, pues bien sabía yo que a él le había dolido también —aunque no tanto como a mí— darle a mi caballo blanco ese triste final lejos del hogar —lugar y personas— en el que había vivido por más de 20 años.

***

Cuando mis hijas fueron niñas, en sus años de gusto por los cuentos me pedían que les contara el de “El caballito blanco”, y aunque fueron muchas las veces que las complací, será a través de este relato como sepan por fin la versión completa y no la de final feliz que yo les contaba.

Tal vez también maquillada puedan ellas dársela a mis nietos como el cuento de “El caballito blanco de Abuelito Carlos”.

05/11/2008 Publicado por CMP | ■ De filósofo, poeta y.. | | 10 comentarios

[*FP}-- Incapacidad de algunas mujeres para aceptar el rechazo amoroso

Carlos M. Padrón

Desde que yo tenía 12 años comencé a ganarme epítetos y comparaciones como “Tienes mucha letra menuda”, ”Eres un protestón”, y “¡Aquí tenemos a Pedro Padrón!” (que fue un tío mío, hermano menor de mi padre, al que no conocí pero que, dado el parecido que en varios aspectos tengo con él, escribiré algo al respecto algún día). Y me los gané porque yo objetaba dichos y principios que todos aceptaban sin rechistar. Por ejemplo, a eso de,

  • Madre no hay sino una”, yo replicaba que padre también hay sólo uno.
  • A la mujer, ni con el pétalo de una rosa”, yo respondía que si una mujer me enfrentaba como si ella fuera un hombre, como un hombre y como a hombre le respondería.
  • “¡La película es buenísima! Lloré desde el comienzo hasta el final”. Mi pregunta era que desde cuándo el arte se mide con cantidad de llanto, y eso enfurecía a sirias y a troyanas.
  • Y me burlaba de quienes usaban la estúpida expresión “¡Me extraña!” que por un tiempo fue usada, como respuesta o comentario a todo, por quienes se consideraban chic, o “in”, como se diría hoy.

Para colmo, yo declaraba públicamente cuáles muchachas tenían piernas bonitas y cuáles no, y como las segundas eran más que las primeras, cosechaba un buen lote de antipatías entre las féminas cuyas extremidades inferiores no merecían mi aprobación. “¡Nieto de su abuelo!”, me decían con despecho.

Una dama, ya mayor pero con unas piernas que parecían troncos de pino, me gritó un día en una reunión: “¡Ojalá a la mujer con la que te cases se le llenen de várices las piernas!”. O sea, como entonces se decía en El Paso, “me pidió una plaga”.

Y un par de años después comencé a ganarme también la antipatía de varios Curas porque yo ponía en duda y tela de juicio algunas de las cosas que ellos decían.

Una vez, creo que con motivo de la Fiesta del Sagrado, desde Santa Cruz de Tenerife trajeron a El Paso como predicador especial a un tal Padre Eguiraun —creo que se llamaba así, aunque no estoy seguro—, pero sí lo estoy de que se distinguía por su arrogancia.

Como yo formaba parte del grupo de Jóvenes de Acción Católica, un día el tal Padre Eguiraun nos preguntó a algunos de ese grupo qué opinábamos sobre sus sermones.

Ante el silencio que se hizo opté por contestar yo, y le dije que, en mi opinión, no estaba bien que los basara principalmente en Teología, pues gran parte de la gente que los escuchaba ni siquiera creía en Dios, por lo que me parecía que debería comenzar por destruir esa incredulidad si es que iba a continuar con el mismo tema.

Maldita la gracia que al Padre Eguiraun le hizo mi comentario, que luego, y no para suerte mía, llegó a oídos del párroco del pueblo.

Pero el tiempo me dio la razón, porque al año siguiente trajeron como predicador especial a un jesuita de apellido, si mal no recuerdo, Arriola. Los sermones de éste nada tenían de teológicos; trataban de problemas de la vida diaria que eran del interés de la mayoría de los feligreses.

A partir del primer sermón, a la iglesia comenzaron a acudir más y más personas, hasta que la llenaron. La sencillez, la claridad y la lógica del Padre Arriola eran de primera, estaban a la altura de los campesinos que conformaban la audiencia, y así se ganó la atención y el respeto de todos.

Para cuando yo tenía 18 años, eran varios los Curas que no me querían cerca, y por eso nunca pude ingresar en ninguno de los famosos Cursillos de Cristiandad que en la segunda mitad del decenio de los años ’50 estuvieron de moda. A quienes me apadrinaron para ver de que yo entrara en alguno de esos cursillos les decían, a guisa de explicación para no aceptarme, que yo era una amenaza.

Volviendo atrás unos años, poco tiempo después de haber dejado la niñez y comenzar a interesarme por las muchachas, dije que “Las mujeres son las niñas mimadas de la sociedad” (al menos allá se usaba entonces, para referirse al súmmum del mimo, la expresión “niña mimada”), y con esto me eché encima a todas las féminas de mi entorno y a buena parte de los varones.

Pero hoy, pasados más de 50 años, sigo creyendo lo mismo, y aunque sé que hay excepciones a lo que voy a decir, las que conozco no son suficientes para hacerme cambiar de opinión. Al contrario, son tan pocas que servirían para corroborar lo de que “la excepción confirma la regla”.

Lo de las niñas mimadas de la sociedad lo dije al percatarme de cómo las mujeres entendían una relación de pre-noviazgo entre dos jóvenes, pues si resultaba que el varón estaba enamorado de la muchacha, y que a ella no le gustaba él pero que, con insistencia, el muchacho trataba de hacerla cambiar de opinión, el comentario era, excepto si el muchacho tenía muy buena posición social: «¿Pero ese bobo no se da cuenta de que está molestando a la pobre muchacha? ¿de que a ella no le gusta él? ¿¡Por qué sigue rondándola como mosca de caballo!?».

Pero si el caso era al contrario, o sea, si resultaba evidente que a una muchacha le gustaba mucho un muchacho, pero él no le hacía caso, entonces el comentario era: «¿Es que ese bobo no se da cuenta de que ella está coladita [1] por él? ¿Por qué no le hace caso? ¿Dónde cree él que va a conseguir una mejor?».

Y este comentario tenía sus bemoles, pues movía a pensar que no siempre las mujeres estaban coladitas por su pareja —como, p.ej., cuando el muchacho tenía muy buena posición social,…— y que, por tanto, cuando lo estuviera era algo que el muchacho debería aprovechar. En fin, que como ella estaba coladita, pues había que complacerla como a una niña mimada.

Pero, sea como fuere, de todas, todas, las mujeres salían ganando.

Años después caí en cuenta de que ellas creían que lo que tienen entre las piernas es algo que TODOS los hombres desean, y que por lograr conseguirlo harían lo indecible. No importa que fueran tuertas, cojas, gordas, esqueléticas o malencabadas [2], TODAS creían eso como si fuera un dogma de fe. Ninguna podía suponer siquiera que hubiera un hombre capaz de rechazar una oferta amorosa de su parte, pues si la mujer se sabía fea, entonces, en su opinión, su valor residía en su belleza interior. Pero cuando su belleza exterior era notable, entonces la interior ni se mencionaba.

Tal vez la creencia de que lo que las mujeres tienen entre las piernas es algo que TODOS los hombres deseamos, y que, por tanto, ninguno rechazaría jamás la oferta de la posibilidad de obtener ese “tesoro escondido”, dio lugar entre muchas mujeres a la también creencia de que la entrega de ese preciado “tesoro” era lo que ellas tenían que aportar al matrimonio; el hombre tenía que poner todo lo demás.

Tal vez eso funcionó hace muchos años cuando las mujeres se mostraban forradas de arriba hasta abajo y la sola visión de un simple tobillo femenino era para un hombre un logro de alto valor afrodisíaco, y los acercamientos sociales entre novios tenían lugar bajo férrea vigilancia de la madre u otro familiar de la novia, etc. Pero hoy día, ¡por favor!

Sin embargo en el “hoy” —pues me refiero a hace apenas una década— vivió en El Paso una dama, casi enana, que ni en sus 15 tuvo atractivo físico alguno, por lo cual ningún hombre la cortejó, y permaneció solterona hasta su muerte. Era una de esas mujeres acerca de las que en Venezuela los hombres solemos decir que “Ni con uno prestado”, o sea, que el hombre que así se expresa declara que a esa mujer no le haría el amor ni con un pene prestado.

Ya en sus 60 y tantos, esta solterona sufrió una seria complicación y —acompañada de otra dama, por supuesto— tuvo que ir a una detallada revisión ginecológica. Cuando salió de ese para ella tan horrible trance, llorando a lágrima viva le decía a su acompañante,: “¡Tantos años tapándome y tapándome, para que ahora vengan a refistoliarme [3] toda! ¡Y no uno, sino tres hombres!”.

Esto me lo contaron como chiste, pero a mí me produjo ganas de llorar, pues, ¿qué carajo creía esa mujer que eran sus genitales? ¿El Santo Grial? Su queja no era porque le dio vergüenza abrirse de piernas —por usar la expresión popular— sino por tener que “rendirse” y acceder a que un hombre viera sus genitales, a desvelar el “sublime” secreto por tantos años guardado (aunque ni ella sabía para qué), y mostrar lo que, en su opinión, TODOS los hombres estaban locos por ver,… y por algo más. ¡Pobrecita! ¡Ni con uno prestado!

Tal vez por esa convicción acerca de lo irresistible y valioso de su atractivo personal, cuando una mujer se prenda de un hombre y éste no le corresponde, o le corresponde y después la deja, le crea a ella una situación de verdadero trauma, porque si bien los hombres asimilamos como normales los rechazos amorosos, las mujeres no.

Y si el hombre que las rechazó lo hizo para irse con otra, ¡ahí arde Troya! ¡Eso sí que a la pobre le resulta intolerable! Que él la deje, ya le es intragable, pero que la deje POR OTRA escapa a toda posibilidad de la más mínima aceptación. Tal vez porque la hace sentir derrotada por otra MUJER, y eso le resulta del todo intolerable.

Sin embargo, parece como más lógico que la reacción fuera al revés, pues si ella fue dejada por otra, cabe pensar que el hombre que la dejó le vio a esa otra más valor que a ella. Pero si fue dejada de plano, sin que hubiera otra, entonces cabe pensar que el hombre que la dejó no le vio a ella valor ninguno, y que aplicó lo de que es mejor estar solo que mal acompañado. Pero no, con las mujeres eso no funciona así.

Por esto, y como no creo posible, ni muchos otros lo creen tampoco, me parece de una hipocresía sin nombre el que cuando una mujer decide poner punto final a una relación amorosa con un hombre, le proponga a éste que queden como amigos; pero cuando es él quien toma esa decisión, no hay para ella amistad posible: u obtiene de él lo que ella quiere, o será su enemiga jurada para siempre. Por éste, y por detalles como éste, es por lo que no creo posible una verdadera amistad entre hombre y mujer,

Lo paradójico y hasta patético es que, a pesar de que la tan cacareada emancipación femenina ha dado lugar a que el sexo sea un producto “no regulado”, gratuito y de consumo masivo, aún hay muchas mujeres que siguen pensando así acerca de su “tesoro”, y siguen mostrándose incapaces de encajar el rechazo amoroso, lo que sugiere que se trata de una incapacidad no tanto cultural como genética.

Las muchas veces que fui rechazado ─incluso en el caso, poco frecuente, de mi primer amor─ me lo tomé con filosofía y apliqué mi principio de que no quiero conmigo a quien conmigo no quiere estar, pues lo contrario sería de mi parte imposición, abuso y falta de dignidad. Pero cuatro veces he sido yo quien ha rechazado, quien ha cortado una relación amorosa, y con ello me gané, que yo sepa, tres enemigas.

¿Y por qué no cuatro? se preguntará el lector. La respuesta es que en uno de los casos puse punto final porque yo me había drogamorado, pero ella —¡a Dios gracias!— no quiso llevar nuestra relación al próximo y lógico paso, con lo cual me permitió ganar tiempo y ánimos para zafarme de la droga. En cuanto me vi libre, me alejé sin más.

Pero bastó que yo me retirara para que comenzara de parte de ella un inusitado interés por mí, con un proceso de insinuaciones, mensajes, ofertas, petición de favores y otras trampitas cuya evidente finalidad era conseguir que yo volviera. Como nada de eso le dio resultado, y de vez en cuando vuelve a la carga, supongo que aún no me ha puesto en la lista de sus enemigos.

O sea, que hasta en casos así, en los que las mujeres deberían aceptar de buen grado que el hombre se retirara ya que ellas no quieren seguir adelante, no aceptan la ruptura,…. a menos que, como niñas mimadas, sean ellas quienes la causen, claro.

¿Vendrá de ahí eso de que las mujeres siempre tienen la última palabra?

***

[1] Coladita: Perdidamente enamorada.

[2] Malencabada: Persona de cuerpo carente de proporciones armoniosas, torcida o contrahecha. Palabra del Léxico Pasense que he recopilado.

[3] Refistoliar: Meterse alguien a ver, buscar o averiguar, sin invitación o con intenciones aviesas. Palabra del Léxico Pasense que he recopilado.

 

16/10/2008 Publicado por CMP | ■ De filósofo, poeta y.. | | 4 comentarios

[*FP}-- Los hombres suelen confundir las señales de sexo con las de amistad

Carlos M. Padrón

(Acerca de los artículos copiados más abajo).

Si “la mayoría de los hombres confundió las señales sexuales de las mujeres con gestos amistosos”, ¿de quién es el problema?

Cabe suponer que si tales señales fueron enviadas por ellas a hombres, y éstos no las captaron, las señales no lograron su objetivo, y eso no es culpa de los hombres. Es como si alguien apuntara a un ciervo, le disparara y errara el disparo. La culpa no es del ciervo.

Y así serían de “explícitas” esas señales que los varones las interpretaron como amistosas.

Además, eso de que “El gesto no es algo obvio ni que tenga significado universal”, depende del gesto, pues hay muchos que no admiten confusión.

De todo esto deduzco que tal vez lo revelado por la investigación pueda ser cierto en USA pero no en un medio latino donde la interpretación de las señales que las mujeres envían a los hombres no admite mucha confusión, aunque haya mujeres que las envíen con mala leche y digan luego que eran muestras de simple amistad, algo en lo que, como varias veces he declarado ─como, por ejemplo, aquí o aquí─, no creo, pues para mí sigue siendo cierto lo que escuché en la película inglesa “Solitaire for two”: El hombre por el que una mujer dice sentir sólo amistad, es en realidad un amante con el que ella no quiere acostarse.

Si esto se aceptara de una bendita vez, se terminaría con las tales confusiones o ambigüedades, y habría que darle la razón a la viejita de mi pueblo que decía “¡Nunca tuve amigos machos!”

***

02.04.08

La investigación realizada en la Universidad de Indiana sobre 300 estudiantes para poner a prueba su habilidad para identificar un avance dice que el 67% de las mujeres no fueron bien interpretadas.

Cada estudiante opinó sobre 280 fotografías. Los varones demostraron tener un rendimiento peor que las chicas en materia de precisión, dando muestras de especial confusión con el cariño. La mayoría de los hombres confundió las señales sexuales de las mujeres con gestos amistosos según informa el diario Clarín.

Los especialistas señalan que las mujeres son más hábiles en el lenguaje corporal, y que los hombres sólo tienen talento para tomar con las manos. Sin embargo, afirman que es muy difícil decodificar las señas si previamente no hubo palabras. El gesto no es algo obvio ni que tenga significado universal. Uno ve lo que se imagina, y que tiene que ver con la historia de cada uno. Distintas son las señas entre una pareja o entre amigos, pero ahí ya hay conocimiento previo, hay confianza, intimidad.

El estudio destaca también que los hombres ven señales sexuales donde no las hay, y ahí viene la violencia. Sostiene además que los hombres no entienden, pero tal vez esa confusión tenga que ver con lo angustiante que es para ellos darse cuenta de que el poder está en manos de la mujer. Lo que en psicología llamamos angustia de castración.

PD

***

07/04/2008

Isabel F. Lantigua

hombres, más propensos a confundir los gestos de amistad y el interés sexual

¿Amistad o sexo? Para muchos hombres no es fácil saber si una mujer está buscando con él una cosa o la otra. Y esta confusión no se debe a la creencia popular de que ellos piensan más en el sexo que las chicas. Una nueva investigación descubre la causa del malentendido: los varones tienen peor ojo para interpretar el lenguaje no verbal.

“Las mujeres pueden sonreír, aguantar la mirada, aproximarse físicamente o tocar a su interlocutor cuando están interesadas sexualmente en él. El problema es que los mismos recursos pueden emplearlos para demostrar simplemente amistad o un interés platónico, sin ninguna intención de llegar más lejos. Y esta ambigüedad desorienta a los hombres más que a las mujeres”, escriben los autores del estudio, publicado en ‘Psychological Science’.

Investigadores de las universidades de Yale e Indiana (EEUU) señalan que esta menor habilidad para descifrar la comunicación gestual se detecta sobre todo en los varones más jóvenes, que aún no han adquirido experiencia en estas lides. Para llegar a sus conclusiones, el equipo realizó un experimento con 280 individuos heterosexuales con una edad media de 19,6 años. El 63,6% era de sexo masculino y el 36,4% de sexo femenino.

En un computador personal, los participantes tenían que repartir 280 imágenes de mujeres (todas ellas vestidas) en una de las siguientes categorías: busca amistad, busca sexo, está triste o está rechazando al interlocutor.

Un malentendido poco molesto

Los resultados mostraron que tanto hombres como mujeres se equivocaron al situar fotos en la categoría sexual, cuando correspondía a amistad, aunque los fallos fueron más numerosos en los varones (un 12% frente a un 8%).

Sin embargo, más llamativo que este dato fue el hecho de que los errores ocurrieron con mayor frecuencia a la inversa. Es decir, el 37,8% de los hombres que vieron una imagen en la que la mujer mostraba un interés sexual la identificaron como amistosa; algo que hicieron el 31,9% de las féminas.

“Este último descubrimiento, que muestra que las personas confunden el interés sexual con la amistad, más que la amistad con el interés sexual, indica claramente que los errores se deben a la dificultad para descifrar las señales no verbales, y no a una obsesión generalizada de la sociedad por el sexo, como se ha manifestado en alguna ocasión”, escriben los autores. “Es cierto que los hombres a veces exaltan los atributos sexuales de una mujer, pero también es cierto que en otras ocasiones los infravaloran”.

En una reciente encuesta entre mujeres universitarias, el 67% de ellas afirmó haber tenido una experiencia en la que un hombre confundió sus señales de amistad con un interés sexual. Sin embargo, las consecuencias de estas equivocaciones suelen quedarse en una pequeña molestia, que se olvida enseguida.

Asimismo, el estudio recoge que la mayor habilidad mostrada por las mujeres para saber lo que quieren decir los gestos también se observó en el resto de categorías. “Ellas son más sensibles para interpretar los sentimientos de los demás, sea tristeza o alegría”, argumenta el equipo estadounidense.

El Mundo

19/09/2008 Publicado por CMP | ■ De filósofo, poeta y.. | | 1 comentario

[*FP}-- El destape del fígaro

Carlos M. Padrón

Como ya puede deducirse de mi artículo Barbería unisex, en Olga y el tenorio y en Mujeres en su salsa, las barberías no son precisamente sitios de mi devoción. Voy a ellas cuando ya casi no me queda otro remedio, pues no he conseguido que mi mujer se atreva a cortarme el pelo. Si se atreviera, con gusto me arriesgaría a que los primeros cortes resultaran un desastre, pues, a diferencia de otras cosas, el pelo sí crece.

Las barberías son lugares de “habladera de paja” [1], como se dice en Venezuela, o sea, lugares donde el cliente jactancioso opina sobre política, cuenta chistes y relata sus proezas, sobre todo en deportes o con mujeres, confiado en que su barbero no va a contradecirle sino que aparentará creerle a pie juntillas; donde es el barbero quien trae a colación temas que no te interesan en lo más mínimo, pero, como eres prisionero de él y no quieres ser rudo, pues aparentas que le das importancia al cuento, y él sigue sin parar aunque —al menos lo hago así— uno le conteste con ocasionales monosílabos; donde, aunque no sea tu barbero el que hable paja sino que, respetuoso de tu silencio, permanezca callado, es uno de los otros barberos, o uno o más de los otros clientes, los que no paran de hablar paja, y, en ese caso, tu silencio y el de tu barbero sólo sirven para que tengas que escuchar, quieras o no, la paja de los demás; etc.

Llevado por la aversión que esto me produce, una vez estuve 75 días sin pasar por una barbería, lo cual no entenderían jamás algunos hombres que dicen que no van a cortarse el pelo cada semana porque no tienen tiempo.

Cuando oigo decir eso, pienso que es producto de masoquismo o, peor aún, de vanidad, pues he comprobado que los que frecuentan mucho las barberías no sólo se cortan el pelo, como es mi caso, sino que piden que se lo laven, le echen champú y lociones, les den masajes en el cuero cabelludo, les hagan las uñas, etc. Aunque a ninguno de mis barberos le guste, pido que simplemente me corten el pelo, y sin mojarlo ni antes del corte ni después. Y punto.

Por todo esto no me resulta fácil encontrar una barbería que me agrade, pues además quiero una que quede cerca de mi casa —antes la condición era que quedara cerca de mi lugar de trabajo— y que tenga estacionamiento fácil.

Una vez, allá por 1973, Manolo González, el amigo y compañero de IBM ya mencionado en No me tocaba ese día, me dijo que mi melena iba camino de emular a la de Einstein, aunque no así mi cerebro. Al reparar en la suya noté que mostraba un estilo de pelo corto, como el que me gusta (para que dure más), y le pregunté si sabía de algún barbero “decente”.

Me dijo que él iba a uno, de nombre Antonio y paisano mío —o sea, de Canarias— que trabajaba en una barbería ubicada en El Silencio, en el centro de Caracas, lugar que me convenía porque ahí estaban entonces las oficinas principales de la mayoría de los bancos que eran mis clientes, y lugar al que en aquella época todavía podía uno ir,… y salir con vida o sin que lo asaltaran.

Tomé nota de la dirección, y al día siguiente fui a esa barbería, pregunté por el tal Antonio, y éste me hizo un buen corte de pelo.

Desde esa primera vez evité decirle a Antonio que yo era también canario, pues eso habría disparado su verborrea. Sin embargo, mi amigo, el mismo que me había referido a él, se encargó de decírselo, y todas las demás veces que fui, Antonio no paraba de hablar de algo relativo a Canarias. Pero como yo iba una vez cada más o menos 45 días, y la ubicación de la barbería y el corte que me hacían eran de mi agrado, aceptaba resignado la cháchara de Antonio.

Un día alguien me dijo de un utensilio metálico que parecía un peine y que llevaba insertas unas hojillas. Si uno se lo pasaba por la cabeza como si se peinara con él, las hojillas cortaban el exceso de pelo, y así o se distanciaban las visitas a la barbería o se eliminaban del todo.

De inmediato compré uno de esos utensilios, y como mi mujer de entonces tampoco quería intentar siquiera cortarme el pelo, decidí que el utensilio lo usaría yo mismo.

En las áreas que me eran visibles mirándome al espejo logré un corte bastante potable, pero en la parte trasera de mi cabeza hice un desastre de marca mayor, de ésos que los barberos llaman “escaleras”. Como todo el que me conocía y me veía así me hacía bromas al respecto, fui a la barbería a ver si mi barbero Canario podía disimular las tales escaleras.

Antonio estaba atendiendo a otro cliente, pero al verme entrar me saludó y me comentó que había pasado mucho tiempo desde la última vez que yo había ido por allí, lo cual me dio pie para minimizar de alguna forma el ridículo de lo que yo me había hecho, y le dije que había estado de vacaciones en Mérida, y allá, como mi pelo estaba largo, había ido a una barbería local, y me lo cortó un barbero que no resultó nada bueno. Por el lugar donde yo estaba sentado, Antonio no podía ver la parte trasera de mi cabeza.

Cuando después de sentarme en su sillón, se dispuso a colocarme el paño que ataría a mi cuello, no había aterrizado aún el paño sobre mi pecho cuando el hasta entonces Canario sobrio y decente,emitió un estridente y espontáneo “¡¡¡Qué horrooooor!!!” con un tono de total amaneramiento que tuvo la virtud de hacer que una especie de descarga eléctrica circulara por todo mi cuerpo, y, nunca mejor dicho, los pelos se me pusieron de punta.

Como la desagradable sorpresa me dejó mudo, me fue fácil abstenerme de hacer comentarios, y sólo me limité a mirar de reojo a Antonio a través del espejo frente a mí.

Lo que siguió convirtió la descarga eléctrica en una de alto voltaje, pues Antonio, soltando el paño, que cayó flácido sobre mis rodillas, en un gesto de total amaneramiento, apoyó las yemas de sus dedos sobre mis parietales e hizo girar mi cabeza a derecha e izquierda —haciéndome sentir como la muchacha de El Exorcista— mientras, ya totalmente “partido” [2], exclamaba:

Pero, ¿¡quién le hizo esto!? ¿¡Cómo es posible que hayan podido hacerle algo así,… si USTED TIENE UNA CONFIGURACIÓN CRANEANA ¡¡¡BEEEEELLLA!!!?

Simplemente, yo no podía permitir que aquel tipo continuara tocándome, ni que estuviera cerca de mí, así que a millón me puse a pensar qué podía yo hacer para marcharme de inmediato.

Antonio me dio la excusa perfecta cuando, poseído de gran agitación y “partiéndose” ya del todo mientras gesticulaba su horror de pie tras el sillón y mirando a todos en la barbería, como para que vieran que él tenía razón, exclamó:

—¡Dios mío! Miren esto. ¡Esto no tiene arreglo posible! Hay que dar tiempo a que crezca el pelo.

De un salto me levanté del sillón, dejando que el paño cayera al piso —pensé que debía recogerlo, pero como para eso tendría que agacharme, no lo hice,… por si acaso— , y balbuceando que ya volvería yo cuando el pelo me creciera, abandoné a toda prisa la barbería a la que, por supuesto, no volví nunca más.

Cuando a mi amigo de IBM le relaté lo ocurrido, no me creía, pues, me dijo, Antonio nunca le había dado la más mínima muestra de amaneramiento, pero, por si fuera cierto lo que yo contaba, aguzaría sus antenas y, si detectaba algo, haría igual que yo hice: buscarse otra barbería.

***

[1]  Hablar de lo que no se sabe, decir tonterías, frivolidades o cosas sin fundamento o que no vienen al caso, generalmente con el ánimo de impresionar o llevado por la simple necesidad de hablar por hablar.

[2]  En Venezuela, cuando un hombre camina o gesticula de forma afeminada se dice que “se parte”; tal vez se usa el término ‘partir’ por el quiebre de cintura típico de los homosexuales. Y entre las sentencias acuñadas por Fernando Lacoste, uno de nuestros “filósofos” en la IBM de los ’60 y 70’, está ésta, destinada a “mitigar” los efectos de las burlas que los “partidos” recibían: “Todo hombre se parte al menos una vez al día”.

01/08/2008 Publicado por CMP | ■ De filósofo, poeta y.. | | 1 comentario

[*FP}-- Tal día como hoy, hace 47 años

26.07.2008

Carlos M. Padrón

En la mañana de un 26 de julio, tal día como hoy pero de 1961, puse pie por primera vez en Venezuela después de una travesía de una semana a bordo del “Bianca C” desde el puerto de Santa Cruz de Tenerife y en compañía de mis padres y mis dos hermanas.

clip_image001

De izq. a derecha: María Celia Padrón (mi hermana mayor), María del Carmen Padrón (mi hermana menor), Victoria Pérez (mi madre), Tomás Padrón (mi padre), y Carlos M. Padrón. – Cuando hicimos este viaje, mi padre tenía la edad que tengo yo ahora,… y a mí me parecía un anciano. (Sin comentarios).

Por esa extraña percepción que acerca del tiempo se tiene a medida que se avanza en edad, me parece que fue ayer. Pero al rememorar lo sucedido desde entonces, son tantos los acontecimientos que desfilan por mi mente que no puedo evitar sentir el peso de los años.

Muchos parientes o conocidos de El Paso que habían estado ya en Venezuela y que, a diferencia de mí, estaban seguros de que yo no llevaría a cabo el loco plan que explicaré más abajo, sino que, al igual que mis hermanos, me quedaría en este país, me prepararon con palabras como éstas: “Engurúñate y traga en seco, porque los dos primeros años vas a querer largarte de Venezuela aunque sea nadando”.

Y así fue. Y ese deseo de largarme se veía aumentado porque nunca quise venir a Venezuela, y cuando mi padre insistió en que yo tenía que venir en condiciones similares a como lo habían hecho mis hermanos, dije que si tenía que emigrar de Canarias lo haría a Inglaterra o Alemania —donde entonces iban muchos jóvenes a trabajar como camareros—, pero no a Venezuela, pues aparte de que no quería dejar solo a mi padre, ya mayor, estaba el hecho de que las muestras del cambio operado en los que de cuando en cuando regresaban de Venezuela no me resultaban edificantes en modo alguno.

Si vine fue porque la poesía que escribí en diciembre de 1960 destinada a servir como tarjeta de navidad a mis hermanos Raúl y Tomás, que estaban en Venezuela desde 1946 y 1947 respectivamente, causó que ellos nos hicieran una invitación colectiva que de haber sido rechazada por mí habría disgustado tanto a mis padres como a mis hermanos y hermanas, pues la ilusión, en particular la de mi padre, era que viniéramos todos, y poder él volver a poner pie en la América que tanto añoraba. Pero su añorada América era Cuba, y su decepción fue grande cuando descubrió que Venezuela no se parecía en nada a la Cuba de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

No puedo por tanto decir que vine engañado, pues bien sabía yo que en el trasfondo de la invitación yacía el plan de que me quedara en Venezuela.

Y decidí quedarme, pero diciéndome para mis adentros que sólo por el tiempo necesario para, trabajando a todo gas, ahorrar unos 3.500 dólares que, según mis cálculos de estúpido drogamorado (valga la redundancia), era el dinero que yo necesitaba para volver a Canarias, comprar una casa de las prefabricadas en madera (nunca se me ocurrió pensar que necesitaría también un solar donde montarla) y casarme.

Pero, por supuesto, por efecto del prejuicio que por años hizo que yo me negara a venir a este país, mis primeras impresiones acerca de él fueron todas malas, comenzando por la que me causó el puerto de La Guaria, del que tomé esta mi primera foto de Venezuela y en Venezuela:

clip_image002

Lo que de esa ciudad y sus alrededores se veía desde el barco no fue nada agradable, y tampoco me gustó lo más de lo que en los siguientes meses pude ver.

Agosto/1961 lo dedicamos a ir por carretera a bordo de la camioneta Plymouth 1959 que mi hermano Raúl había comprado para tal fin, un vehículo en el que podían viajar sentadas nueve personas, y nueve (“El clan de los 9”) éramos en el grupo: Mi padre, mi madre, Raúl mi hermano, su mujer y sus dos hijas; mis dos hermanas y yo. A la fecha sólo quedamos 6.

clip_image003

Parte trasera de la camioneta Plymouth. – De izq. a derecha: Ada Padrón (hija mayor de mi hermano Raúl), Carlos M. Padrón, Marité Padrón (hija mayor de mi hermano Tomás, sentada sobre mi pierna), Elsa Padrón (hija menor de mi hermano Raúl).

Hicimos un largo recorrido visitando a los parientes y a los ex vecinos de El Paso que vivían en lugares del interior de Venezuela. Así estuvimos en Valencia,

clip_image004

Mi primera visita al Campo de Carabobo. Los 9 pasajeros de la camioneta, “El clan de los 9″. De izq. a derecha: Elsa Armas (esposa de mi hermano Raúl), Raúl Padrón, Tomás Padrón (mi padre), Victoria Pérez (mi madre), Elsa Padrón (delante de mi madre. Hija menor de Raúl mi hermano), Carlos M. Padrón (detrás), María Celia Padrón (mi hermana mayor), María del Carmen Padrón (mi hermana menor), Elsa Padrón (hija menor de mi hermano Raúl).

Yaritagua y Barquisimeto,

clip_image005

El primer tren “en vivo” que vi en mi vida fue éste, en Barquisimeto. De izq. a derecha. Detrás: María Celia Padrón, Elsa Armas, María Victoria Sosa (vecina en El Paso), Victoria Pérez, María del Carmen Padrón, Rapul Padrón. – Delante: Elsa Padrón, Ada Padrón.

Acarigua y Guanare,

clip_image006

Uno de los puentes entre Acarigua y Guanare, sobre un río por el que todavía corría agua.

clip_image007

A los recién llegados de Canarias nos impresionó esta estructura metálica. De ahí que yo pidiera que me tomaran una foto con el río al fondo, el primer río grande que vi en mi vida.

clip_image008

El Tocuyo,

clip_image009

Una vista de El Tocuyo de aquella época. Nunca más he vuelto ahí.

clip_image010

En el río El Tocuyo, primero en que mojé mi humanidad. “El clan de los 9″ y María Victoria Sosa, quien fuera vecina nuestra en El Paso.

y Humocaro. Antes y después de Humocaro, todo por una carretera de tierra, los pinchazos de cauchos (neumáticos) fueron muchos,

clip_image011

Saliendo de Humocaro. Vista lateral de la Plymouth parada por causa de uno de los tantos pinchazos. Mi padre apoyado en ella, y mi madre y mi hermana menor observan desde atrás, cerca de un par de campesinos que se acercaron a ayudar.

y las sorpresas de ver en qué condiciones vivían algunos parientes dedicados al cultivo de papas fueron dolorosas. Pero a todo esto, y a guisa de explicación, mi hermano Raúl decía algo que yo no entendía: “¡Esto es Venezuela!”.

clip_image012

Esta chabola estaba enclavada al descampado en medio de una hacienda que trabajaba como medianero un pariente nuestro,… cuya vivienda era esa chabola. Cuando mi madre lo supo, rompió a llorar.

En septiembre/1961 conseguí mi primer trabajo como contador (contable) en una tienda de electrodomésticos que estaba ubicada en el centro de Caracas. Para llegar a ella y regresar a casa de mi hermano, donde yo vivía, usaba lo que entonces llamaban un “carrito por puestos”, que no era otra cosa que un carro (coche) que cobraba por la ocupación de cada uno de sus puestos.

clip_image013

Mi primera visita al balneario de Los Caracas. De izq. a derecha. En pie: Mi padre, mi madre, ¿?, mi hermano Raúl (su hija Ada delante de él), mi hermana María Celia, Elsa Armas. – En cuclillas: Elsa Padrón, mi hermano Tomás sosteniendo a su hija Marité Padrón, Teresa Delgado (esposa de mi hermano Tomás), y mi hermana María del Carmen.

Cada viaje en esos carritos me resultaba un calvario porque lo que hablaban el chofer o los pasajeros era para mí como chino. Así que para no correr el riesgo de no entender lo que mi interlocutor me dijera, y meterme por ello en problemas, llevaba exacto el dinero para pagar mi pasaje (50 céntimos de bolívar), y al entrar me limitaba a dar las buenas horas y decirle al chofer hasta donde quería yo que me dejara.

En marzo/1962 conseguí otro trabajo —esta vez en una compañía de un tal Floreal que vendía artículos de propaganda— como encargado de la correspondencia en inglés con las empresas de USA que en bolígrafos, llaveros y otros objetos que suelen darse como regalos promocionales, se encargaban de imprimir en ellos los mensajes, logos, etc. que uno les pidiera.

Con ese cambio dupliqué mi sueldo pero no mejoré mi situación laboral, pues de las manos de un judío pasé a las de un catalán, lo cual no tiene nada malo per se excepto porque estos dos eran de los que contribuyen eficazmente a consolidar la mala fama de sus respectivos gentilicios.

Con más ingresos aumentaron mis esperanzas de poder conseguir la deseada meta y dejar atrás este país en el que al menos una vez por semana me llamaban, con desprecio e ira, “Musiú”, o sea, extranjero; y un par de veces me amenazaron con una pistola.

“Musiú”, degeneración de la palabra francesa “Monsieur”, se usaba para denominar, de forma peyorativa, a los extranjeros, en particular a los que, como yo, éramos catires (rubios), de piel blanca y ojos claros.

Como ya contaré en más detalle en otros artículos, de los dominios de Floreal pasé a Olivetti (Sept./1962) y de ésta —luego de un obligado puente de seis meses en Prodaca, un data center— a IBM (Oct./1969).

Aunque a poco de estar en Olivetti conseguí que mis ahorros llegaran al monto que estúpidamente me había fijado como meta para regresar a Canarias, también había conseguido para entonces una perspectiva más real del mundo en que vivía, y un creciente y extraño atractivo por el trabajo que yo debía hacer.

Esta perspectiva y este atractivo tuvieron la virtud de hacer que el otrora firme deseo de regresar a Canarias viniera a menos hasta que su lugar fue ocupado por la convicción de que en Canarias no podría yo conseguir el futuro que en Venezuela vislumbraba. Y esa convicción se consolidó cuando por fin pude entrar a trabajar en IBM.

Salvo por el tiempo que mi trabajo me mantuvo fuera de Venezuela, he estado aquí durante 47 años durante los cuales vi cómo este país fue subiendo hasta niveles inimaginables en 1961, y cómo luego se ha venido abajo hasta alcanzar, en ciertas áreas, niveles inferiores a los de 1961.

A quien antes de 1964 me hubiera dicho que yo permanecería en Venezuela por 47 años le habría contestado que estaba loco. Pero hoy debo reconocer, como he reconocido desde hace mucho tiempo, que los tres mejores regalos que la vida me ha dado han sido mis dos hijas e IBM, la que por muchos años fuera la mejor compañía del mundo.

Hay más —como Chepina, por ejemplo— pero llegaron a mí por vía de IBM, como también me llegaron por esa vía mi crecimiento personal y profesional, mi mayor dominio del idioma inglés, mis visitas, a veces repetidas, a 36 países de este mundo, mi roce con la cultura de un par de ellos en los que viví por mucho tiempo, etc.

Tal vez alguien piense que el regalo que representan mis dos hijas igual podría haberlo recibido yo estando en Canarias. Pero no, pues el que ellas —ELLAS, y no otras— hayan nacido cuando nacieron, y no antes ni después, fue consecuencia directa del estilo de vida imperante entonces en Venezuela, algo que condicionó nuestros hábitos y costumbres.

Por esos tres regalos, ¡gracias, Venezuela!

Después de 47 años, al mirar hacia atrás reconozco cuán difícil fueron los comienzos de mi vida como emigrante, no deja de asombrarme que algo tan simple cómo un poema familiar alterara de forma tan radical el curso de mi vida, y no dejo de lamentar que mis hijas no hayan vivido de cerca la parte positiva del ambiente que allá en Canarias me formó a mí, y al que al menos pude haberlas acercado si las vivencias personales fueran transferibles, pero no lo son.

He escuchado que cuando alguien está a punto de morir ahogado, en apenas unos segundos desfila por su mente toda la historia de su vida hasta ese momento.

Si por obra de algo similar pero a la inversa hubiera yo podido vislumbrar cómo iba a ser mi futuro si yo subía al “Bianca C” aquel 19/07/1961, lo más probable es que no hubiera subido, pues habiéndome formado en un medio fuertemente controlado por el dúo Estado-Iglesia, con la estrechez de miras que entonces existía en ese medio, y con el efecto de la gran limitación geográfica en que, además de por archipiélago de pequeñas islas, nos sumía el aislamiento en que Canarias estaba por efecto de la lejanía de centros desarrollados, no creo que hubiera tenido yo discernimiento para conseguir el valor que me permitiera iniciar lo que, en lo tocante a mi destino, fue un viaje sin retorno.

La falta de experiencia de la juventud es algo obligado para que podamos aprender las lecciones de la vida.

26/07/2008 Publicado por CMP | ■ De filósofo, poeta y.. | | 6 comentarios

[*FP}-- Julio 4, 2008: Reencuentro de exIBMistas de IBM de Venezuela

Lily Taboada y Milagros Porras, ambas exIBMistas de IBM de Venezuela, tuvieron la muy afortunada idea de convocar una reunión de compañeros exIBMistas, y para ello pusieron en Facebook este aviso:

Hola a todos.

Muchos de ustedes ya se enteraron por el grupo en Facebook, pero otros no tienen cuenta en esa herramienta social que conecta personas con sus amigos y otras personas que trabajan, estudian y viven cerca de ellos.

Para esos otros, aquí va la Información. Creemos que la podemos pasar muy bien y disfrutar con esos queridos amigos que hace mucho tiempo que no vemos.

Evento: Reencuentro, en Caracas, de Ex Empleados de IBM de Venezuela.

Lugar: Restaurante MESSANIA, Centro Comercial Ciudad Tamanaco (CCCT), Nivel Estacionamiento C1, Chuao.
Fecha: Viernes 4 de Julio de 2008
Hora: A partir de las 7:00 PM
Vestuario: EL QUE QUIERA
Asistentes: Ex empleados de IBM de Venezuela y los acompañantes que se desee (Cónyuge, pareja, hermano/a). Por ser un evento nocturno, no se aceptan niños.
Costo: ¡Tu Consumo!

Los precios son SOLIDARIOS, el ambiente es agradable, y si asistimos los que ya han confirmado su deseo de participar. El local será para nosotros y ¡NADIE MÁS!

Para ver el local puedes entrar a la página: http://www.mirestaurant.com/messania/index.html

Para reservar:
· Enviar e-mail a Lily Taboada lilystaboada@xxx.com o a Milagros Porras milagrosporras@xxx.com (1) indicando cuántos son ustedes.
· LLEVA TU CÁMARA, Y GANAS DE DISFRUTAR

Lily Taboada y Milagros Porras.

(1) Por razones obvias, para colgar esto en el blog he alterado las dos direcciones

que hice llegar por e-mail a unos 150 IBMistas y exIBMistas cuyas direcciones de correo he ido recopilando por años.

Me temo que ni Lily ni Milagros sospecharon que la respuesta a su convocatoria sería tan masiva como fue, pero es el caso que el local nos resultó pequeño porque la llegada de exIBMista comenzó desde las 7:30pm, y por lo menos hasta las 11:00 pm seguían llegando.

La reunión estuvo de lo mejor, lo cual —al igual que todos los que asistimos, estoy seguro— le agradezco a Lily y a Milagros porque allí me encontré de nuevo con exIBMistas que hacía mucho tiempo que yo no veía; tantos años hacía que si bien los rostros de algunos me eran familiares, no pude recordar sus nombres.

Tiene mucho de valor humano el sentirse atraído por un reencuentro como éste y saber disfrutarlo, e indudablemente lo disfruté en grande por el solo hecho de volver a estar de nuevo en contacto con tanta gente con la que compartí algunos de los 30 años que pasé en IBM.

Sin embargo, al pasearme por todos aquellos rostros e ir ubicando a sus dueños en las posiciones de trabajo en que yo los recordaba en IBM, no pude menos de notar la escasa presencia de, salvo pocas excepciones, los que en esa gran compañía detentamos posiciones gerenciales.

Y no pude dejar de preguntarme si es que algunos de los que en IBM fueron gerentes nunca tuvieron interés por crear lazos humanos con el personal de la empresa. ¿Estaban tal vez en IBM por el solo interés de un buen trabajo en el que ganar dinero? De ser así, se entiende que tampoco tengan ahora interés en verse con las personas con las que, a veces por años, interactuaron más o menos casi a diario.

Aunque sería triste que éste fuera el motivo de su no presencia en el reencuentro, me temo que en muchos lo fue, pues la convocatoria que envié a esos casi 150 IBMistas y exIBMistas incluía a muchos que fueron gerentes, y la masiva ausencia de éstos trajo a mi mente los detalles de un hecho para mí muy significativo.

Una vez me involucré voluntariamente en la resolución de un problema que dentro de IBM había tenido alguien que, años atrás, había trabajado en la tolda por mí dirigida, pero no como “hijo” —o sea, que no era mi subordinado directo— sino como “nieto” —lo era de alguien que sí era mi subordinado directo—.

En las investigaciones de este caso, que elevé al nivel más alto dentro de IBM de Venezuela, intervino un gringo IBMista, y cuando se alcanzó una solución favorable a mi “ex nieto”, el gringo, en presencia del entonces Gerente de Personal y a solas los tres en la oficina de éste, me hizo una pregunta que, según declaró, se sentía impelido a hacer porque en su larga experiencia con problemas de personal no encontraba respuesta para ella.

—Carlos, y ahora que este caso que tú elevaste hasta aquí se ha resuelto favorablemente para tu “defendido”, ¿podrías decirme por qué, si hace años que esa persona ya no está en tu tolda, hiciste lo que hiciste?

—Because my people is my people wherever they are—, fue mi respuesta.

Y levantándome le di las gracias a ambos y me retiré, contento por el fallo pero disgustado por la ceguera humana del gringo. Aún recuerdo la expresión de total asombro que él puso ante algo que, por lo visto, no cabía en su cabeza. Seguramente era uno de los que estaba en IBM sólo para ver de hacer dinero.

Por esto, mi mayor satisfacción en este reencuentro fue el ver de nuevo a muchos que fueron “my people”, y recibir de ellos las manifestaciones de afecto que igualmente les mostré agradecido, y repasar mentalmente la larga lista de los/las que también fueron “my people” —bien porque trabajaron en mi tolda o porque yo los contraté— que están fuera del país, y allá donde fueron, los más han hecho exitosas carreras como gerentes, lo cual me llena de satisfacción.

Tal vez llegue hasta ellos este mi sentimiento, y quiero que sepan que sigo creyendo que “My people is my people wherever they are”.

Siento lástima por los gerentes que no comparten este cariño, por aquéllos que, aún cuando parecían amigos de todos, en realidad sólo lo parecían, pues no tenían genuino afecto e interés por la persona humana, aunque no puedan negar que de ellos dependió en gran medida el futuro que dentro de IBM —y hasta tal vez en sus vidas— tuvieron tales personas.

Un para mí anecdódito incidente ocurrido durante el reencuentro es que supe que muchos exIBMistas me consideran algo así como mensajero fúnebre porque cuando muere algún IBMista les llega, enviado por mí, el correspondiente email con el aviso necrológico.

Mal saben ellos que a diario despacho muchos emails que no son nada luctuosos. Además, si algún día son ellos el motivo del temido email, que suele llevar por subject/asunto “Necrología IBM”, pues no podrán ni siquiera abrirlo, así que no hay razón para ese miedo.

Un fuerte abrazo para todos los que respondieron al llamado de este emotivo y memorable evento, y de nuevo mi agradecimiento a los organizadores, Milagors Porras, Lily Taboada y Guillermo Raven.

Sigo con la galería de fotos, divididas en grupos según quién las tomó, pues de Facebook bajó Chepina las más de ellas, pero creo que ni reuniendo todas las que hasta ahora he visto puede tenerse una idea de la realidad de la reunión.

Al menos las que tomé yo las pondré aquí en desplegado. A las tomadas por otros puede accederse por los links/enlaces que pongo al final, en previsión de que aparezcan más en Facebook.

Aquí van las mías:


Alberto Rodríguez y Xavier Cugat

Antonio Lalaguna en amena disertación.

Camelia Persaud, Miguel Urvina y su esposa.

Chepina, Alejandro Abrante y su esposa.

Chepina (nótese que tiene ambas manos ocupadas), Carlos Salas, Max Gil y Juan Fermín Dorta

La esposa de Sergio Osuna le habla a su marido mientras Max Gil observa.

Glenys Rojas, Juana Lazo y Guillermo Raven

Humberto Neuman y Susy Bochetti

Dos generaciones: Ildefonso del Moral hijo e Ildefonso del Moral padre

Ingrid Belling

Jaime Villalta y Oscar del Barco

Juan Fermín Dorta y Chepina

Laureano Padilla (el émulo de Dorian Grey) y Miguel Cabrera

Laureano Padilla, Carlos M. Padrón y Lily Taboada

Laureano Padilla, Lily Taboada y Oscar del Barco

Lorenzo Centeno y su esposa, Teresita

María Cristina Peruggini

María Elena Veronese y Migual Cabrera

Milagros Porras y María Elena Veronese

María Elena Veronese explica a Edilana Rivas cómo usar la cámara, mientras max Gil Observa.

Y como se pusieron a cantar, pues yo canté también. (Foto Milagros Porras)

20080704fotos-de-glenys-rojas

20080704fotos-de-maria-goretti

20080704fotos-edgar-rincon

fotos-juanna-garcia

20080704=Fotos-Frank-Lewis

Y fotos tomadas por María Elena Veronese,

20080704fotos-de-maria-elena-veronese

Siendo ésta, sin duda, la mejor, ¿o no?

Y aquí, el link a un vídeo que Jesús Mijares ha montado con una selección de las fotos. No dejes de verlo.

http://www.youtube.com/watch?v=Q3lhtouB9SY

Para bajarlo a tu PC, clica AQUÍ.


07/07/2008 Publicado por CMP | ■ De filósofo, poeta y.. | | 65 comentarios

[*FPL}-- Nueve días (¡y diez noches!) en San Francisco

Carlos M. Padrón

Se dice que lo que mal comienza, mal acaba, y este nuestro viaje (Chepina y yo) a San Francisco entre del 19 y el 29 de mayo/2008 corrobora el dicho.

Vuelos con American Airlines (AA)

Hablemos primero de los trayectos en avión, o sea, del comienzo y final del viaje. Todo lo hicimos con AA, línea de mi preferencia desde que quebrara Pan American. Lo ocurrido en el viaje entre Caracas y Miami ya lo conté en Buhonería a bordo de American Airlines pero lo ocurrido en los dos vuelos entre Miami y Los Ángeles, y San Francisco y Miami —que ocurre ahora en todos los vuelos nacionales de American— no fue tampoco grato porque los aviones eran de cuerpo estrecho (B-757, un solo pasillo y dos filas de asientos triples cada una), y pasar 5 o más horas con el culo pegado a un asiento central o de ventana no es algo que resulte apetecible, pero en aviones de ese tipo, y llenos hasta la bandera, hay pocas opciones para moverse.

Para colmo, como AA está reduciendo personal, es el pasajero quien lidiando con un terminal de pantalla táctil tiene que facturar su equipaje para el que rige la norma de que si un bulto —maleta o lo que fuere— excede los 25 kilos de peso, no importando si el exceso es de sólo uno o de unos cuantos kilos, el pasajero debe pagar $50, y, luego de hacer la facturación, si lo logra, deberá esperar a que un empleado, de los pocos que sirven a varios terminales, le entregue la identificación a pegar en la maleta.

En la salida de vuelos dentro del territorio nacional de USA los controles de seguridad son un martirio que obliga al pasajero casi a desnudarse, y que en muchos casos le destruyen su maleta. Además, no hay ya comida gratis sino que por $5 ofrecen unos sándwiches de los que en un automercado cuestan menos de $3. Ante esto, muchos pasajeros han comenzado a comprar su propia comida, y cuando la consumen en la sala de espera del vuelo hacen que ésta parezca un lugar de picnic.

San Francisco y alrededores

Un conteo hecho de memoria indica que he estado en San Francisco una docena de veces (la cantidad exacta la sabré cuando termine el sumario de mis viajes internacionales) pero nunca como ahora el tiempo me jugó la mala pasada que, según dicen, es muy frecuente en esa ciudad. Los más de los días nos “deleitó” un frío que resultó tolerable hasta que estuvo acompañado de un viento que, aparte de desagradable, hizo que el frío resultara varios grados menos de los 12°C que el marcaba el termómetro.

Ante esto, concluí que a Mark Twain le asistía razón, además de su reconocido ingenio, cuando dijo que “El peor invierno que he pasado fue un verano en San Francisco”.

No sé si será por lo mucho que he viajado, y por eso me siento mal cada vez que tengo que hacer equipaje, o porque me estoy poniendo viejo, pero lo que sigue me hace sospechar que tal vez sea por lo segundo. Es sólo una sospecha,…

Entre los problemas del tiempo, que dispararon mi alergia a los cambios de temperatura, más el para mí desgraciado hecho de que las amplias ventanas del apartamento de mi hija tienen cortinas transparentes, y para poder dormir decentemente necesito yo oscuridad total, pasé las de Caín, y a pesar de las pastillas antialérgicas tuve casi permanentes molestias de inminente resfrío y afección de garganta; y a pesar de los somníferos sólo conseguí dormir entre 3 y 4 horas por noche, con lo cual pasé todo el tiempo con sueño y con frío. Y dormí menos aún la noche del 28/05 porque teníamos que salir para el aeropuerto a las 4.00 de la madrugada.

Así que desde los primeros días me convencí de que debería yo hacer lo imposible para que el “I left my heart in San Francisco” (dejé mi corazón en San Francisco) de la famosa canción no se me convirtiera en “I left my health in San Francisco” (dejé mi salud en San Francisco).

Para colmo, cuando a golpe de 5 de la mañana inevitablemente me explotaba en la cara la luz que entraba a raudales por las ventanas, entonces, y como para disuadirme de tratar de volver siquiera a dormitar, me “arrullaban” los típicos sonidos, muy parecidos a ladridos, que emiten las focas y leones marinos que están en Fisherman’s Wharf “trabajando duro” sobre unas balsas de madera,

Era un concierto como de lamentos que llegaban con toda claridad hasta el apartamento de mi hija, ubicado a 2.5 cuadras (bloques) frente al famoso Pier 39 y, por tanto, muy cerca del neurálgico Fisherman’s Wharf, atestado de turistas todos los días, manifestación social a la que, al igual que a las muchedumbres y las colas, también soy alérgico.

Por lo demás, tuve más tiempo que otras veces para pasear por la ciudad y percatarme de que no hay mal que por bien no venga, pues una buena consecuencia del alto precio de la gasolina es que hay menos tráfico rodado (excluyo los muchos tranvías) y el aire está más limpio, aunque ya los vientos se encargan de limpiarlo bastante.

Los muchos tranvías, algunos de ellos verdaderas reliquias de comienzos del siglo XIX,

funcionan muy bien, como todo el abundante transporte público, y son un icono de esa ciudad, aunque a decir de una joven venezolana el Metro de Caracas es más lindo que un tranvía hecho en Italia en 1845 en el que ella viajaba. “¡Trágame tierra!” pensamos avergonzados al escuchar esa manifestación de “cultura” criolla.

El asunto es tan grave que, desde el avión en vuelo, las anchísimas y usualmente congestionadas autopistas de Los Ángeles —ciudad en la que hicimos escala en el viaje de ida— se veían casi desiertas. Y en San Francisco el alquiler de un carro (coche) por día y medio costó más, gasolina incluida, que lo que por años pagué en USA por el alquiler y gasolina de toda una semana.

San Francisco tiene fama de ser la ciudad más tolerante de USA, y la que más homosexualidad (gays y lesbianas) oficial registra, y tal vez por eso se nota en sus habitantes, que exhiben aspectos a veces estrafalarios, una cierta calma en todo lo que hacen, y un aire de relax y tranquilidad, impropio de una ciudad tan grande, que le da un cierto cariz de pueblo.

Tipos disfrazados de payasos no son raros en San Francisco, como uno que, en evidente deseo de exhibirse y llamar la atención, daba vueltas y más vueltas a Union Square disfrazado de Batman,… y con pantalón de lycra a pesar del frío que hacía. Tuve la impresión de que eso lo hacía todos los días a la misma hora.

Sin embargo, las divisiones físicas vinculadas a lo social siguen vigentes en esa ciudad.

Cuando la visité, creo que por segunda vez, en 1982 me contaron la historia de que como los gays daban problemas a las autoridades que entonces no los querían en ciertas partes de la ciudad, llegaron con ellos al acuerdo de cederles para sus andanzas unas cuantas cuadras de la calle Castro. Los gays no sólo aceptaron sino que respetaron tan bien el acuerdo, con la consiguiente disminución de los problemas, que las autoridades accedieron a ampliarles hasta 8 la cantidad de cuadras asignadas a ellos, y en 8 estaban cuando con otros IBMistas fui a esa calle —convertida entonces, y por ese motivo, en atracción turística— y nos asombramos del decorado de las tiendas, cafés y demás establecimientos, y de ver cómo hombres, aparentemente hechos y derechos, se besaban en la boca en plena vía pública.

No sé si el acuerdo sobre el uso de la calle Castro seguirá vigente, pero sí noté que cuando desde Embarcadero se sube por la calle Market, una arteria principal, los transeúntes que uno encuentra lucen en su mayoría de una misma franja de clases sociales,…. hasta que al cruzar la calle Cyril Magnin cambia drásticamente el pelaje tanto de comercios como de transeúntes. Tal parece que de un lado de esa calle hay ciertas libertades que no se permiten del otro.

La comida del Fisherman’s Wharf ya me resulta la misma de siempre, pues en materia de cocina los useños tienen una notoria habilidad: consiguen que la carne y el pescado sepan igual, y no creo que sea por algún truco de alquimia sino porque usan el mismo aceite para freír ambos. Los italianos los acusan de haber desvirtuado totalmente la pizza, y yo insisto en que, en materia de pastas, no tienen ni idea del importante punto “al dente”, y la cuecen tanto que la dejan como eso, como una pasta.

Tal vez porque, como ya he dicho antes, no soy amigo de restaurantes ni de vivir para comer, sigo comprobando que la comida de los mejores restaurantes useños que he visitado —ésos de fama a los que IBM solía invitar a sus clientes o donde efectuaba banquetes de premiación con sus gerentes— no vale, en mi opinión, el precio que cobran por ella. Insisto en que si bien en materia de hotelería funcional y práctica los europeo deberían aprender de los useños, éstos, en materia de comida, deberían aprender, pero no aprenden, de los países mediterráneos, aunque, eso sí, reconocen que la comida de éstos es “delicious!”.

El paseo por la bahía —tercera vez que lo hago— continúa ofreciendo una foto que por obra del montaje hace que uno aparezca frente al Golden Gate,

y continúa siendo amenizado por la misma grabación de fondo del Capitán Nemo y los mismos comentarios sobre Alcatraz

y otros puntos menos famosos. Y el puente Golden Gate sigue siendo espectacular, no importa desde donde se lo mire, en foto con o sin montaje,

.

.

así como la ciudad vista desde el mar

o vista desde el embarcadero del Pier 39

.

El recorrido por Carmel y Monterrey (los useños escriben Monterey) —segunda vez que lo hago— continúa también siendo el mismo aunque mucho más congestionado porque lo hicimos durante el fin de semana largo a que dio lugar el lunes 26/05, feriado nacional por Memorial Day. con muchos más turistas y mucho más frío, como puede deducirse por nuestro equipamiento

Y Carmel sigue exhibiendo su famoso roble solitario,

La visita al Valle de Napa, zona de los viñedos —tercera vez que la hago—, ha subido de precio,

Chepina en la casa de vinos Arrow, con un viñedo al fondo.

y ahora por degustar un par vinos cobran $5, y en un restaurante de Sonoma pretendían cobrar $11 por una simple copa. Digo pretendían porque me negué a pagar ese precio.

Con los viñedos Arrow al fondo, aquí aparece mi hija Elena… en la penunbra. ¡Como extraño mi reflex! Pero pesa mucho y abulta más.

Si antes había en San Francisco muchas persona de origen chino, ahora hay más, y hay también muchas de la India y de América Latina. Lo que se escucha en calles y tiendas es una Babel, que se manifiesta en alta voz gracias a los benditos celulares, artilugio que vimos hasta en manos de un (¿supuesto?) mendigo. Una buena consecuencia de esto, yo diría que debida a la abundancia de latinos, es que el café expreso se consigue casi en todas partes y ya no tiene uno que transigir con al agua sucia que, al menos para mí, es el café conocido como “tipo americano”.

En una de las varias sesiones de largas horas que pasé despierto por las causas ya mencionadas, un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando caí en cuenta de que en menos de dos meses alcanzaré la edad que tenía mi padre cuando vinimos a Venezuela,… y entonces yo lo veía a él como un anciano.

¿Será que estoy viejo? '(

Pero no es por los años por lo que aseguro que ya pasaron los tiempos en que viajar era un placer. Creo que lo que en materia de viajes en avión disfrutamos en los años 70, 80 y 90 es parte de la historia, y algo que no veremos más.

Home, sweet home!

03/06/2008 Publicado por CMP | ■ De filósofo, poeta y.. | | 5 comentarios