Padronel

A El Paso, y a Canarias toda

[*ElPaso}-- De la juventud y carácter de mi hermano Raúl (Corregido)

Nota.- Reedito este artículo, publicado inicialmente el 30 de marzo de 2007, para incluir la corrección que he puesto al final, y que ha llegado más de 60 años después del hecho al que se refiere.
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Carlos M. Padrón

Cuando yo tenía 17 años hacía pasar por mía alguna foto que Raúl se había tomado cuando tuvo también 17. Nuestro parecido iba más allá, sin embargo él era muy popular (carismático), extrovertido, sociable, exclusivista y un tanto hedonista, pero yo —pareciéndome más en esto a Tomás, mi otro hermano— poco tengo de popular, y soy más bien introvertido, poco dado a alternar en sociedad, más bien estoico, y antes que una boutique prefiero JCPenny. Raúl amaba el mar, que yo detesto, y yo amo la montaña, que él detestaba; y tanto la detestaba que si por algún motivo la noche le sorprendía estando en montaña, se deprimía. Él gustaba de las flores, y yo, al igual que mi hermano Tomás, de los animales; las flores sólo me gustan si no me estorban.

Fueron notables las dotes que en su juventud exhibió Raúl para la música y el dibujo. Lo de la música se debió tal vez a la proximidad, familiar y física, con tío Pedro Castillo, pues su casa y la nuestra (la casa en la que Raúl vivió desde los 7 a los 21 años, y la misma en la que nací y viví hasta los 18) estaban una al lado de la otra, formando ángulo recto. Esa proximidad facilitó el que recibiera del tío Pedro clases de música.

Como músico, Raúl fue por años el trompeta titular de la Orquesta Power, la única que había en el pueblo de El Paso, y formando parte de ella puede vérsele en esta foto que fue tomada, según creo, en 1945:


De izquierda a derecha.
Fila delantera: 1) José Salazar, 2) José Agustín Toledo (Cheo Ventura), 3) Raúl Padrón, 4) Antonio Afonso (Antonio Canón), y 5) Eliseo Calero.
Fila trasera: 1) Ismael de Paz, 2) [No sé quién es. ¿Sabe alguien?], y 3) Vicente González (Berto el de la botica).

Y como trompeta de la Orquesta Power visitó muchas veces varios pueblos de la isla en los que esa orquesta había sido contratada para amenizar bailes, verbenas y fiesta populares. De ahí que media isla lo conociera, y que cuando tiempo después me veían a mí, que soy 14 años menor que Raúl, me decían: ”Tú eres familia de Raúl Padrón”.

Como dibujante “a mano alzada” hizo varios retratos/dibujos de los cuales sólo han llegado a mí tres, a saber:

1) Tío Pedro, el mencionado más arriba, tocando el cornetín.

Esto le granjeó a Raúl las iras del tío Pedro que no le vio la gracia al dibujito.

2) Éste, de Pilar Primo de Rivera,…. según creo recordar.

que hizo Raúl en una especie de concurso celebrado en un campamento del Frente de Juventudes, al que asistió medio obligado; un episodio que no le gustaba mucho recordar.

3) Su “opera prima”, por la que aún es recordado, que se la inspiró una carrera de caballos, deporte hacia el que siempre hubo, y hay, en La Palma mucha afición, y que suele ser el plato fuerte de las fiestas patronales. Estas carreras eran, y siguen siendo, sólo entre dos bestias (caballares o mulares), de ahí que me sorprendiera mucho ver en el cine, donde la vi por primera vez, una carrera entre varios caballos.

En la isla de La Palma, esas carreras eran de fondo, o sea, de largo recorrido y por caminos muy cuesta arriba las más de las veces, y los jinetes tenían que saber dosificar las energías de su cabalgadura. Para ello, y durante algunas semanas antes de la carrera, las corrían —entrenaban— dos o tres días cada semana por la misma vía por la que transcurriría la carrera oficial, y muchos vecinos salían a presenciar esos entrenamientos, a medir el largo de las zancadas del animal, cronometrar los tiempos que hacía entre un punto y otro, si el jinete lo llevaba o no frenado, etc.

Es el caso que en la primera mitad de los años 40 había en Los llanos de Aridane un caballo de nombre El Rancho Grande que estaba invicto en toda la Isla, y su jinete oficial era conocido por el apodo de El Cambao —tal vez porque por un defecto físico andaba como la Torre de Pisa— y, como casi todos los jinetes, era pequeño de estatura.

Para una fiesta a celebrarse en La Breña o en Mazo —no he conseguido averiguar con certeza en cuál de los dos, pero ambos pueblos están al Este de la Isla— se había pactado una carrera entre El Rancho Grande y otro caballo que, hasta donde sé, no tenía nombre propio.

El día de la carrera, cuya meta estaba en la Montaña de La Breña, la expectación fue total, pero casi a la mitad del trayecto y cuando El Rancho Grande iba punteando, en una extraña contorsión que hizo botó a El Cambao y, para asombro de todos, siguió corriendo sin jinete y mirando a ratos hacia atrás como para percatarse de cuán cerca le seguía su contendor que sufría fuerte castigo de su jinete ya que para éste era vergonzoso que no pudiera ganarle a un caballo que corría solo y, teóricamente, fuera de control.

Pero lo de “teóricamente” se quedó en eso, y no pasó a reales porque El Rancho Grande siguió corriendo por su cuenta, sin desviarse ni distraerse, todo el trayecto que le faltaba hasta la meta; traspasó ésta antes que su rival, ganando así la carrera, y sólo entonces se detuvo. Fue algo como una demostración de que perder, con o sin jinete, no era para El Rancho Grande una opción aceptable.

Las discusiones acerca de si esa victoria había sido válida o no fueron por meses el tema número uno en los bares y otros lugares públicos de media Isla, y mi hermano Raúl, inspirado sólo en lo que al respecto escuchaba de unos y otros —pues él no había presenciado la anecdótica y controversial carrera—, y a falta de testimonios gráficos (no creo exagerado afirmar que entonces no eran muchos los que en La Palma tenían cámaras fotográficas) hizo —a mano alzada, como siempre— el dibujo que sigue, que refleja con bastante exactitud el principal y anecdótico incidente de la carrera en cuestión: a todo galope, El Rancho Grande, sin jinete y sueltas sus riendas, mira hacía atrás como calculando la distancia que le separa de su competidor, que recibe castigo de su montura para que corra más rápido.

Como tampoco había entonces fotocopiadoras, todos pedían ver el dibujo de marras, y un día Mediometro, el único fotógrafo de El Paso, a quien ya mencioné en Por qué vine a Venezuela tuvo la viveza de pedirle prestado el dibujo a Raúl, y éste tuvo la falta de viveza de prestárselo sin ponerle condiciones. Mediometro fotografió el dibujo, hizo cientos de copias de la foto resultante, y las vendió a buen precio por toda la Isla,… sin darle a Raúl ni un céntimo de la ganancia así obtenida.

Un par de veces, hace muchos años y después de que Raúl había emigrado ya a América, algunos vecinos del pueblo me mostraron la foto del dibujo, todavía popular, de la famosa carrera, pero nunca había visto yo el original, hasta ahora que, a la muerte de mi hermano, me fue obsequiado, y es el que reproduzco hoy aquí. El tiempo y los dobleces han hecho estragos en él, pero aún se ve bastante bien.

***

Una de las canciones preferidas de Raúl era “My way” (A mi manera), en la voz de Frank Sinatra. La escuchaba con deleite una y otra vez aunque no entendía al detalle la letra pero sí su sentido.

Un día de lulio de 2005 recibí un PPS con la música y la letra original de “My way” cantada por Frank Sinatra. De la letra hice la traducción menos literal que pude, la intercalé en el PPS con la letra en ingles (la original), y un día que Raúl vino a mi casa lo senté frente a mi PC y mientras absorto escuchaba a Sinatra cantando “My way” iba leyendo en el monitor la traducción al español que yo había hecho para él.

Cuando terminó el PPS se levantó, y con lágrimas en los ojos y una gran determinación en su voz, quebrada por la emoción, me dijo: “Sí señor, ¡a mi manera!”.

(Para escuchar la canción y ver la letra, clicar en el título precedente o AQUÍ).

Y a su manera vivió mi hermano Raúl hasta que al final del camino enfrentó la ‘bajada del telón’ que menciona esta canción que hoy. al cumplirse tres meses de su muerte, he escuchado una vez más como un tributo póstumo a su memoria, deseando, más que esperando, que dondequiera que esté, esté en paz y no tenga nada de que arrepentirse por haberlo hecho,… a su manera.

***

Tal parece que lo que aquí relaté acerca de la carrera que dio pie al dibujo de mi hermano es lo que ahora llaman una “leyenda urbana”, pues mi primo Pedro Bravo Padrón, coetáneo de mi hermano Raúl y persona que me merece total crédito, leyó la versión original de este artículo, y con fecha 20/11/2008 me contó lo siguiente:

Carlos, la carrera fue entre un mulo y el caballo Rancho Grande. La presencié personalmente, y puedo atestiguar que comenzó en Bajamar (después de la salida del túnel en dirección Santa Cruz de La Palma → Las Breñas), y se desarrolló por la carretera hasta la montaña de La Breña, pasando por San Antonio de Breña Baja hasta llegar a la confluencia de la carretera que viene de San Pedro (Breña Alta).

Yo, que sólo presencié la llegada, estaba situado como a doscientos metros de la meta y vi que el mulo sí llegó, pero el caballo no apareció.

El jinete del mulo era Pedro Batista, compañero mío de primero y segundo año de Bachillerato, e hijo del dueño del mulo, quien era también dueño de un negocio que estaba justo en la unión de las carreteras de las dos Breñas.

Las informaciones posteriores fueron que el caballo tumbó al jinete, y que lograron detenerlo. Después hubo conversaciones, comentarios y discusiones en uno y otro sentido, y no sé cuál fue el final, pero de lo que si puedes estar seguro es de que el caballo no llegó a la meta, ni solo ni con jinete.

03/12/2008 Publicado por CMP | ■ El Paso y el terruño | | 5 comentarios

[*ElPaso}-- De los bailes en Monterrey

Carlos M. Padrón

Por muchos años, Monterrey fue sólo un teatro, con su escenario, su patio de piso de madera y sus palcos, altos y bajos, que se extendían por todo el perímetro del patio. Al fondo del escenario había un telón que ocultaba las tramoyas y la puerta al baño de damas y al de caballeros.

Cuando a mediados de los ’50 regresaron de Venezuela los hijos de los Monterrey, construyeron al lado oeste del teatro una extensa terraza que comunicaba con aquél y que por años fue el mejor lugar de la isla de La Palma para celebrar bodas y otros eventos sociales.

Sin embargo, antes de que existiera esa terraza, el teatro se usaba para representaciones teatrales —claro está, era un teatro— pero mucho más frecuentemente para bailes, que eran los llamados “asaltos” (nunca logré averiguar el origen de este nombre, que se daba a los bailes que tenían lugar en la tarde) y a los bailes propiamente dichos, que tenían lugar en la noche, después de la hora de la cena, y se prolongaban hasta la madrugada.

Cuando yo tenía unos 14 años, durante los meses de invierno había tanto frío en la calle que, los domingos, todo varón que podía pagaba su entrada y se metía en el Teatro Monterrey, fuera o no a bailar, con tal de huir del frío, porque, además, en las calles no había nada que hacer; estaban desiertas. Las mujeres no pagaban entrada, pues sabido es que la carnada es siempre gratis.

De los muchachos que, como yo, no teníamos dinero para la entrada, algunos optaban por aprovechar algún despiste de don Víctor Monterrey, el padre de la familia —que se apostaba sentado a la entraba para reclamar el ticket a todo varón que quisiera pasar— y se colaban a toda carrera sin que él pudiera detenerlos.

Otros, cuya educación o temor a represalias no nos permitía hacer eso, nos apostábamos en la pared, cerca del marco de la puerta, donde quedábamos bastante protegidos del frío, y a veces el bueno de don Víctor nos decía “Pasa”. Al menos yo entraba muy contento, me iba a la parte trasera del telón, y si tenía suerte de encontrarme con alguna de las muchachas de mi edad que gustaba de bailar y quisiera hacerlo conmigo, bailábamos allí mismo, tras el telón del fondo del escenario, lejos de la vista de las viejas que ocupaban los palcos.

En esa época, las mujeres, muy celosas de su reputación y, sobre todo, del “qué dirán”, aplicaban a sus parejas de baile lo que se llamaba “la retranca” —que, según dije en ¡Mi hija se casará virgen!

consistía en que la mujer cruzaba su brazo izquierdo sobre el pecho del hombre con el que bailaba para así impedir que él se acercara demasiado, o sea, que “se pegara”, que era el término que para eso se usaba—, y las madres y demás “viejas” del pueblo se sentaban en los palcos altos porque, como también dije en "ELLA", desde allí no perdían pie ni pisada de cuanto ocurría abajo, en la pista de baile. Y al día laborable siguiente al del baile, en todos los lugares de reunión de mujeres, que eran principalmente las C3 y la Fábrica de los Capotes (fábrica de cigarrillos y cigarros, y única industria del pueblo), se comentaba qué muchacha había puesto una buena retranca, y cuál no, y de ésta se hacía leña a mansalva.

Una joven llamada Rosario estaba, desde hacía tiempo, en la mira de “Los honorables cuerpos de vigilancia de la moral pública” porque, en opinión de éstos, ella había venido permitiendo en cada baile un milimétrico y progresivo acercamiento de su novio, hasta que ocurrió que en el baile de un cierto domingo, fuera por lo que fuere, Rosario no le puso al novio retranca alguna y éste se pegó al máximo.

Cuando el lunes siguiente llegó Rosario a su trabajo en la Fábrica de los Capotes, todas las mujeres le cayeron encima con críticas de grueso calibre que la víctima aguantó en silencio hasta cierto punto. Cuando ya no pudo más, se levantó de su asiento y a voz en cuello, para que la escucharan todos en el local, mujeres y hombres, gritó:

—¡Yo fui la que me pegué! Y me pegué todo lo que pude, ¡pues, como voy a casarme, tengo antes que saber con qué cuento!

Al menos a la valiente Rosario nadie le dijo más nada sobre el tema, aunque a sus espaldas la “curtieron” por mucho tiempo. Tampoco se supo si su apreciación de aquello con lo que esperaba contar fue o no acertada, aunque no descarto la posibilidad de que alguna de las componentes de “Los honorables cuerpos de vigilancia de la moral pública” le haya preguntado al respecto.

24/11/2008 Publicado por CMP | ■ El Paso y el terruño | | 3 comentarios

[*ElPaso}-- Los amores de Alfonsiño

Carlos M. Padrón

Alfonsiño, un campesino como los más de los hombres del pueblo, vivía con su madre y tenía fama de tenorio desde antes de, siendo aún muy joven, emigrar a Cuba.

Cuando regresó del país caribeño continuó con sus ocultas conquistas, y hasta se le hizo responsable del aumento de los cuentos sobre fantasmas y aparecidos porque durante la noche se disfrazaba y salía, tomando extraños atajos, a visitar a sus amantes.

Sin embargo, tenía novia oficial, con la cual había mantenido una relación por más de 20 años. Pocas veces los vi juntos, y cuando así ocurría, no vi que entre ellos cruzaran palabra. Alguien que también vio lo mismo que yo le preguntó un día al respecto, y Alfonsiño respondió que ya él y su novia se habían dicho todo lo que tenían que decirse.

El Cura del pueblo, dueño de un sentido del humor bien adobado con abundante dosis de burla, se tomaba libertades que, al decir de la gente, eran impropias de su profesión, y acerca del matrimonio que se alejaba en el tiempo le gastaba bromas a Alfonsiño.

Así, un día en que éste, con paso cansino, según era su costumbre, caminaba por la acera de una de las calles del pueblo, el Cura se le acercó por detrás, lo tomó por los pantalones a la altura de las nalgas, y lo sacudió hacia adelante y hacia atrás mientras exclamaba:

—¡Cásate, Alfonsiño! ¡Cásate antes de que te quedes sin culo!

Tal vez por la sorpresa, Alfonsiño no dijo nada, pero el tiempo puso en evidencia que tomó buena nota del incidente.

Un tanto fanfarrón, además de zorro, un día en que, como era costumbre, varios vecinos estaban reunidos al final de la jornada en la portada de la casa de uno de ellos, que era lugar habitual para tales reuniones, Alfonsiño entró en discusión con uno del grupo acerca de quién de los dos tenía más dinero en el Banco, y llegaron al punto, por demás pueril, de ir a sus respectivas casas a buscar las libretas de ahorro y mostrarlas como evidencia ante los demás vecinos allí reunidos. Escuché decir que Alfonsiño perdió la apuesta y que se sintió muy molesto por eso.

Pero el tiempo no perdona, y un día, cuando yo ya no estaba en el pueblo, en una de esas reuniones Alfonsiño anunció que iba a casarse. Asombrados por lo inesperado del anuncio, varios le preguntaron a qué se debía el repentino cambio de opinión. La respuesta de Alfonsiño fue digna del más romántico de los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer:

—Porque no quiero llegar al trance de verme inválido en una cama y no tener alguien que me alcance un agua de pasote.

Por supuesto, el grupo de vecinos allí reunidos, que detestaban las carantoñas y otras “comemierderías” —así las llamaban— de enamorados, aprobaron por mayoría una decisión fundamentada en tan válido argumento

Apenas en el pueblo se supo que Alfonsiño se casaría, la gente se dispuso a recabar datos para, cuando menos, asistir a la ceremonia.

Y un día, después de 25 años de noviazgo, Alfonsiño se presentó ante el altar y ante el mismo Cura que lo había zarandeado por sus pantalones, resignado a que éste pusiera fin a su prolongada soltería.

Llegado el momento, el Cura hizo la fatal pregunta,

—¿Acepta usted por esposa a bla, bla, bla,… ?

Y Alfonsiño, mirándolo fijamente a los ojos, le dijo,

—¿Y a qué coño cree usted que vine yo aquí?

La reacción del Cura y de los muchos asistentes al acto —repito: yo no estaba presente— la dejo a la imaginación del lector.

22/09/2008 Publicado por CMP | ■ El Paso y el terruño | | Aún no hay comentarios

[*ElPaso}-- De la prehistoria de la aviación en La Palma

Carlos M. Padrón

Don José María era un típico campesino pasense de la década de los 50 que de aviones sólo había visto los DC-3 que, muy raras veces, sobrevolaban el pueblo, a mucha altura, para ir a uno no sabía dónde.

El rugir de sus motores se escuchaba mucho antes de que el aparato pudiera divisarse a simple vista, y, con sólo ese ruido, todo el mundo se echaba afuera de sus casas para otear el cielo en busca de la pequeña “cruz voladora”, que era cómo se veía el avión.

Cuando al fin lo ubicaba alguno del grupo familiar, alborozado señalaba con el dedo y gritaba “¡Míralo allí, míralo allí!”, ante lo cual María Celia, mi hermana mayor, comenzaba a llorar porque, por más que le señalaran el lugar al que debía mirar para que viera el avión, ella no conseguía ver nada. Por ahí cayeron en cuenta mis padres de que María Celia necesitaba lentes, y, cuando al fin se los pusieron, la alegría la llevó a gritar “¡Dios mío, yo estaba ciega!”, y a llorar la primera vez que, ¡por fin!, pudo ver uno de los pocos frecuentes aviones DC-3.

Cuando alguien del gobierno consideró que en La Palma hacía falta un aeropuerto, mandaron a El Paso a un “aviador” —no era ancestro de Leonardo Di Caprio, pero así lo apodaron porque era, o había sido, piloto, ignoro si civil o militar, aunque me inclino por lo segundo— para que se encargara de buscar qué lugares del Valle de Aridane —pues el resto de la isla es tan abrupto que quedaba fuera de consideración— servirían para construir el aeropuerto.

Como la única parte un tanto plana de ese valle es el Llano de las Cuevas —en el borde Este de El Paso, en las estribaciones de la Cumbre Nueva— El Aviador instaló instrumentos de medición en la Montaña de Antonio José y en otros puntos altos, y tal vez fueron esos aparatos los que, al hacer acto de presencia nuestra “Brisa” con sus furibundos ventarrones, dejaron bien claro que en el Llano de las Cuevas no tendría futuro ningún aeropuerto.

Ese anuncio causó alegría en muchos cuyos mejores pedazos de terreno estaban precisamente en el Llano de las Cuevas, y que, de construirse allí un aeropuerto, se los expropiarían.

Pero El Aviador sí tuvo futuro, pues al igual que el 90% de los hombres solteros que en aquella época llegaban a El Paso, terminó casándose con una pasense,… que pasó a ser “La mujer de El Aviador”, y entre ambos traspasaron el “apellido” a su descendencia..

Al fin construyeron el aeropuerto en Breña Alta, al Este de la Isla, cerca del llamado Risco de La Concepción, pues allí encontraron un lugar en el que la “enorme” pista resultante era de lo más tranquilizadora: tenía 600 metros de largo, y uno de sus extremos terminaba en el borde de un barranco, y el otro en el borde de un cementerio. ¡Como para entusiasmar a los muchos que entonces le tenían pánico a subirse en un avión!

Y el pánico no era sólo de los potenciales viajeros, sino que a raíz de que en un aterrizaje el avión derrapó y pegó contra la montaña al costado de la pista (no hubo ni heridos), también el miedo salió a flote en los pilotos que cubrían esa ruta porque el tal accidente les dio motivo para declarar que no seguirían pilotando esos vuelos porque para despegar y aterrizar en aquella pista tenían literalmente que jugársela, así que un día se pusieron de acuerdo y le dijeron a Iberia que no volarían más a La Palma.

En Iberia optaron por una solución basada en la psicología de la testosterona: contrataron pilotos de guerra, acostumbrados a operar aviones en condiciones muy precarias, y cuando éstos demostraron que operar en la pista de La Palma era cosa de niños, el maltrecho orgullo de los pilotos civiles, más el autoritarismo gubernamental entonces imperante, les llevó a regresar sin chistar a los vuelos a y desde La Palma.

Una de las personas con miedo a volar en avión era el ya mencionado don José María, quien expresó públicamente su negativa a montarse en “aquellos chismes” que de vez en cuando veía él pasar haciendo mucho ruido.

Pero una de sus hijas se casó y se fue a vivir a Tenerife, y ante el deseo de verla y la presión de su mujer y sus vecinos para que fueran en avión, porque el aparato —le decían todos— era mucho mayor de lo que él creía, aceptó remolón que lo llevaran un día al aeropuerto para ver de cerca el bendito “chisme”.

Y allá lo llevaron a esperar el vuelo —entonces el único al día— proveniente de Tenerife.

Apenas llegar al aeropuerto, don José María encendió su cachimba, se recostó indolente contra una de las columnas del área de pasajeros (no había entonces en ese aeropuerto nada que pudiera llamarse terminal), y, sin decir palabra, como correspondía a su condición de campesino socarrón, se puso a esperar.

Aterrizó el vuelo, sin novedad alguna. El DC-3 carreteó hasta el área mencionada, y don José María olvidó su cachimba y quedó mirando fijamente a los pasajeros que comenzaron a bajar del avión y que, tal vez por haber llegado sanos y salvos, exhibían casi todos una amplia sonrisa.

Cuando pasados unos minutos no bajó nadie más, dando media vuelta y encaminándose hacia donde estaba el automóvil en el que lo habían traído, don José María exclamó: “¡Pues donde se montan 34 también se monta José María!”.

Una por demás filosófica conclusión, amparado en la cual voló días después a Tenerife.

En ese viaje tuvo oportunidad de ver en Los Rodeos —único aeropuerto que entonces había en Tenerife— otros aviones mayores que el DC-3, y también algunos helicópteros militares, con capacidad para varios pasajeros, pertenecientes a las instalaciones de Aviación Militar que allí había.

Y un día, mientras estaba en su huerta de El Paso arrimándole tierra a las papas, don José María escuchó un ruido proveniente del cielo, del lado de la Cumbre Nueva, que no era como el de los aviones que a veces pasaban, sino que sonaba diferente y más cercano, mucho más cerca del suelo. Y era lógico, pues se trataba de un helicóptero —que ya volaba bajo porque se acercaba al lugar donde debía aterrizar— del tipo Bell, de ésos que para alojamiento humano tienen sólo una especie de burbuja, como éste:

helicopterobell

Apoyando una mano en una de sus rodillas para medio incorporarse —pero no del todo, pues sufría de dolores en la cintura— don José María alzó como pudo su cabeza, miró al cielo, y al ver aquel extraño aparato volador que no sólo venía ya muy bajo sino que claramente estaba perdiendo altura, exclamó:

—¡A dónde irás a caer, que ya no te queda sino el esqueleto!

18/08/2008 Publicado por CMP | ■ El Paso y el terruño | | 2 comentarios

[*ElPaso}-- Gato atraído por los "conejos"

Carlos M. Padrón

 

Victoria era, y es, una morena que para entonces vivía en El Paso con su esposo Domingo en una casa de dos plantas cuyo único baño estaba en la planta baja y el dormitorio en la alta.

 

Allá en El Paso y en  aquella época —comienzos de los años 60— no era costumbre que las mujeres se depilaran, y Victoria tenía abundante vello en las axilas y en el paraje al que Shakesperare se refirió con la rebuscada frase “el bello muslo y parajes adyacentes”.

 

Como ya dije en el artículo  Insultos (de Canarias)  para nosotros, los Canarios, chocho es, además de altramuz, uno de los nombres que se le da a la vulva;  otro es conejo (1), términos ambos que por su “delicadeza” contrastan con el rebuscado eufemismo usado por Shakespeare y que me hacen recordar la forma en que Benanceo, un famoso mendigo y fumador empedernido de la Santa Cruz de Tenerife de los años 50, se refería al dicho paraje, pues con tal de conseguir cigarrillos, Benanceo, que se las daba de poeta, se apostaba en una plaza y cuando pasaba algún transeúnte que fuera fumando lo interceptaba y le decía,

 

El día en que tú naciste

nacieron todas las flores.

Por eso, amigo mío,

¡dame un cigarro!

 

o, para variar —supongo que dependiendo del “pelaje” del transeúnte abordado—, usaba esta otra cuarteta,

 

Tienes un conejo, Flora,

de pelo negro y rizao,

que cada vez que lo veo

me pongo to’ alborotao.

¡Dame un cigarro!

 

Pues bien, Domingo y Victoria tenían en su casa un gato (macho, por si las feministas) que por lo extrañamente casero había devenido, sobre todo para Victoria, en una muy querida mascota más que en un animal utilitario para la caza de ratones.

 

Un día en que Victoria, terminadas las tareas domésticas, necesitaba ir a La Plaza a efectuar otras, tomó un baño y, consciente de que en la casa no había más nadie, decidió ir desnuda al dormitorio.

 

Cuando comenzó a subir la escalera reparó en que el gato estaba sentando, como esperándola, en la parte más alta de ésta, lo cual era normal, pero no fue normal en absoluto que cuando el monte de Venus de Victoria, densamente poblado de negro vello, estuvo a la altura del felino, éste, motivado por sabe Dios qué (1), erizó los pelos de su lomo y emitiendo un fiero maullido se lanzó, con sus garras por delante, contra el conejo de Victoria, e infirió a su dueña varios rasguños en la pelvis, en la unión entre los muslos, en el susodicho paraje Shakesperiano, y en la piel oculta por el tupido follaje del tal monte.

 

Además del susto, el dolor de los rasguños era fuerte, por lo que Victoria corrió a echarse alcohol en ellos, luego de lo cual, y para esperar a que se le pasaran el susto y los ardores causados por el alcohol vertido en las heridas, se puso una bata de casa, de esas largas que llegan hasta los tobillos, y, cubierta sólo por esa prenda, se echó en la cama y comenzó a cavilar cómo diablos iba a explicarle a su marido el origen de los rasguños.

 

Que habían sido obra del gato era, además de absurdo, hasta peligroso, pues Domingo podría pensar que ella había querido hacer que el gato se interesa por los conejos de forma diferente a como lo hacía por los ratones, pero, ¿qué otras cosa podría decirle?

 

Torturada por este dilema dejó para otro momento lo que tenía que hacer en La Plaza, y así como estaba se quedó hasta que llegó su marido. Al entrar éste al dormitorio y ver a su mujer echada en la cama a aquella hora del día y con aquel atavío no pudo menos que sorprenderse y preguntar el motivo. Y Victoria, sin más, le dijo:

 

—Mira, Domingo, tú podrás creerme o no, pero cuando después de bañarme subía yo desnuda por la escalera, el gato se me abalanzó y me hizo estos rasguños, que me duelen todavía bastante. No puedo darte otra explicación porque ésa es la verdad.

 

Y dicho esto —y así como estaba, echada en la cama boca arriba—, retiró de golpe la bata, quedando totalmente desnuda, y abrió sus piernas mientras con las manos separaba el tupido follaje para que Domingo pudiera ver los más íntimos y dolorosos rasguños.

 

En corroboración de que no hay mal que por bien no venga, ocurrió que este strip-tease hecho por Victoria, sorpresivo por lo poco frecuente, tuvo la virtud de exacerbar la libido de Domingo, y lo que siguió entre él y Victoria vino a convertir al gato en un potente e involuntario afrodisíaco, según todavía hoy cuenta Victoria, con su notable gracia natural, cada vez que los familiares o amigos le tiran de la lengua acerca de ese incidente.

 

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(1) Para los gringos, uno de los nombres es ‘pussy’ (= gatito), y ésta es ya una coincidencia que cae en los dominios de la Gramática Generativa. Veamos. Tal vez el ataque llevado a cabo por el gato de Victoria tuvo como móvil (ojo, me refiero a lo que realmente es móvil, no a un teléfono celular) unos justificados y atávicos celos, porque en ese íntimo paraje femenino, los gatos, que por ciencia infusa saben inglés, ven a un congénere, y el felino de Victoria se sintió amenazado por la sorpresiva presencia de un para él inesperado competidor que, además, venía montado sobre la humanidad de su querida dueña, y en un lugar al que a él nunca le habían permitido llegar.

 

El análisis detallado y profundo de esta importante hipótesis lo dejo a cargo de los estudiosos de la psique gatuna, y, en caso de que prueben que es cierta, reclamo desde ya mi parte del crédito.

 

18/07/2008 Publicado por CMP | ■ El Paso y el terruño | | Aún no hay comentarios

[*ElPaso}-- Fiesta del Sagrado 2008 - Arte del pueblo pasense

Carlos M. Padrón

El pasado domingo, 1 de junio, se celebró en El Paso la fiesta del Sagrado Corazón, pero, a diferencia del año pasado, éste no estuve presente.

Sin embargo, Roberto González Rodríguez tuvo la cortesía de enviarme por e-mail varias fotos de los “enrames” (que así se les llaman en el pueblo) hechos por algunos barrios. Y María del Pilar Simón Martín, y Mari Carmen Taño Padrón —ambas de mi familia, la primera por parte de mi madre y la segunda por parte de mi padre— me dieron la lista de los principales materiales usados para realizar tales enrames. Vaya mi agradecimiento para los tres.

MATERIALES

• Arbejas
• Arroz molido (para humanos y para perros)
• Brezo
• Cáscara de huevo molida y teñida
• Flores de vinagrera
• Flores de pino
• Flores secas, de camelias y esterlizias
• Habas
• Judías (alubias, caraotas) negras y blancas
• Lentejas peladas
• Linaza
• Maíz (corriente y de cotufas)
• Mijo
• Pipas de calabaza, bubango y girasol
• Siemprevivas
• Trigo

Al ver las fotos que siguen, que muestran algunas de las CREACIONES DE LOS BARRIOS, téngase presente, por favor, que lo que muestran fue hecho con varios de estos materiales, con gran creatividad y mayor amor por el pueblo de El Paso.

Barrio PASO DE ABAJO

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Barrio LA ROSA

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Me gustaría saber qué pintan las geishas en este lugar y con este motivo. No les veo relación alguna con la Fiesta del Sagrado, ni con la historia, la tradición y la cultura de nuestro pueblo.

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Barrio CAMINO VIEJO

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Barrio EL BARRIAL

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Barrio TENERRA

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Barrio FÁTIMA

Por el barrio de Fátima, Santiago González presentó, en el espacio que por años le ha sido asiganado a Fátima

y con la maestría que le es característica, ilustraciones de Fe, Esperanza, y Caridad, Resurrección, un tríptico, y el escudo de El Paso.

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13/06/2008 Publicado por CMP | ■ El Paso y el terruño | | 1 comentario

[*ElPaso}-- Detallista y perfeccionista: de casta le viene al galgo

Carlos M. Padrón

Allá por el año 1955, durante la “matazón del cochino” [1] de mi tío Miguel —conocido como Miguel Duque aunque se apellidaba Pérez Martín, como mi madre, pues eran hermanos [2]—, cuando después del opíparo almuerzo fuimos a reposar en el patio, salió a colación el tópico de que yo daba muestras de ser detallista y perfeccionista, lo cual, según algunos, me venía por la rama de los Padrón ya que, como mucha gente decía, yo me parecía muchísimo, y no tanto en el físico como en el carácter, al hermano menor de mi padre, llamado Pedro, de quien tal vez me anime a escribir algo algún día, pues el parecido entre nosotros es más que eso: es paralelismo.

En cambio, mi tío Miguel —y luego también otros— opinó que eso me venía por la rama de los Castillo en la que, por esas “virtudes”, cobró fama Pedro Martín Castillo, su abuelo materno y padre del tío Pedro —mencionado varias veces en este blog como Pedro Martín Hernández y Castillo, o simplemente Pedro Castillo [3]—, que vivió en la casa donde años después abrió sus puertas la venta de Bonanza Afonso, una casa que está pegada a la propia de mi tío Miguel y que, según me cuentan, eran entonces, aunque más pequeñas, una sola.

Intrigado por lo del detallismo y perfeccionismo del tal Pedro Martín, le pregunté a mi madre, y ella me contó la anécdota que hizo famoso a su abuelo Pedro, mi bisabuelo materno.

Pedro Martín vivía, con su esposa Martina Hernández, en la casa antes citada, en Tenerra, poco más arriba de donde estaba el viejo torreón.

Para alumbrarse en las noches usaban un quinqué cuya boca de combustión tenía la forma redondeada que recuerda el tope de las cúpulas de los telescopios, con una ranura al centro por la que salía la mecha, que era una cinta hecha de fibra de algodón o lana —no estoy seguro del material— que tenía su mayor parte sumergida en el líquido inflamable —generalmente kerosén— almacenado en el depósito que conformaba la base circular del quinqué, y que se incendiaba al acercarle fuego porque estaba empapada del kerosén.

A un lado y por encima del depósito tenía el quinqué un mando conectado a la mecha. Si ese mando se giraba a la derecha, salía más mecha por la boca de combustión, y la llama era mayor y alumbraba más; si se giraba a la izquierda, ocasionaba el efecto contrario.

Este quinqué es bastante parecido a los que recuerdo, excepto por su base, que en éste es de vidrio y en los que vi en El Paso era de cerámica; el resto es igual.

Una noche cuando habían terminado de cenar y mi bisabuela Martina estaba fregando los platos, el bisabuelo Pedro, que quedó sentado a la mesa en la que habían comido, reparó en que la llama del quinqué no presentaba en su borde superior un contorno semicircular paralelo al de la boca de combustión, como debía presentarlo por cuanto él había cortado la mecha según el contorno de esa boca, sino que tenía un pico por uno de sus lados.

Como esa irregularidad no encajaba en su sentido de la perfección, levantó la pantalla de vidrio del quinqué y, armado de unas pequeñas tijeras, alzó un poco la mecha usando el correspondiente control y le cortó un pequeño trocito por el lado en que la llama formaba el pico, en un intento por emparejarla. Pero, ¡oh, sorpresa!: cortó demasiado y ahora el pico apareció del otro lado.

El bisabuelo Pedro repitió varias veces la operación sólo para comprobar, frustrado, que por más que él cortara cada vez porciones más y más pequeñas de la mecha, el pico de la llama se formaba del lado contrario al que él había cortado, como si el quinqué estuviera burlándose de él.

Para ese momento ya emitió unos resoplidos que hicieron que la bisabuela Martina mirara hacia atrás de soslayo y entendiera lo que estaba pasando, pero se abstuvo de decir nada porque, de hacerlo, cabía esperar de Pedro una reacción poco amistosa.

Él, entre los resoplidos que iban subiendo de tono, continuó con la operación de corte de mecha, de uno y otro lado, y cada vez en trocitos ya ínfimos, hasta que, cansado de que la llama no adoptara el perfil superior uniformemente semicircular que él quería que tuviera, dio en la mesa un duro golpe, que hizo que Martina se volviera hacia él asustada, se levantó violentamente con el rostro rojo de ira, asió el quinqué con su mano derecha, y mirando a Martina con ojos inyectados en sangre exclamó:

—Martina, ¡¡si no lo rompo me enfermo!!

Y uniendo la acción a la palabra, lanzó el quinqué contra la pared de la cocina y lo destrozó.

P.D.: Por suerte para mí, ya no se usan los quinqués, y las rejas que hay en las ventnas de mi casa, varias veces han impedido que alguna computadora o periférico fuera defenestrado.

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[1] Reunión de familares y vecinos, entre utulitaria y festiva, que se celebraba con motivo de sacrificar el cochino que durante todo el año se había cebado para, al matarlo, aprocechar casi todas las partes de su cuerpo, en particular el tocino que guardado en salmuera tenía que durar todo un año.

[2] Lo llamaban Miguel Duque para diferenciarlo de su padre, mi abuelo materno, cuyo nombre era Miguel Pérez Duque. Por él me pusieron Miguel como segundo nombre.

[3] Como una identificación genérica de rama genealógica, el pueblo dio el apellido Castillo a todos los descendientes de Pedro Martín Castillo, abuelo materno de mi madre, y por esto a mi abuela (la madre de mi madre) se la conocía como María Castillo; a mi madre, como Victoria Castillo; a mi tía (hermana de mi madre), como Beneda Castillo; a las primas hermanas de mi madre, como Ela Castillo, María Castillo, Amanda Castillo, etc.

Mi tío-abuelo. Pedro Martín Hernández, siempre usaba estos apellidos, pero, por lo antes dicho, también era conocido como Pedro Castillo. Un día ocurrió que una correspondencia destinada a él le fue entregada, por error del correo, a otro Pedro Martín Hernández que vivía en La Rosa, lo cual le ocasionó a mi tío-abuelo tal perjuicio que, a partir de ese día y para diferenciarse del otro Pedro, incorporó a sus apellidos ese Castillo que fungía como genérico de su familia, y pasó a firmar como Pedro Martín Hernández y Castillo. Sus hijos son igualmente conocidos como Concha Castillo, Pedrito Castillo, Carmen Castillo, etc.

20/05/2008 Publicado por CMP | ■ El Paso y el terruño | | 5 comentarios

[*ElPaso}-- Venancio y sus ovejas

Carlos M. Padrón

El artículo que sigue me hizo recordar que a mediados de los años 50 había en El Paso un hombre —a quien llamaré Venancio; casado y, hasta donde recuerdo, tenía dos hijos— que decía que para él el mejor “polvo” era el echado a una oveja. Y sostenía que cualquier hombre que probara le daría la razón.

Venancio tenía varias ovejas que se veían muy bien tratadas. Y tal vez sería sugestión mía, pero después de que tuve el honor de escuchar de su boca tan trascendental declaración —y desde entonces mirar inquisitivamente a su mujer—, yo notaba que sus ovejas también tenían una expresión de extraña satisfacción muy poco frecuente en los especímenes de su género, pues, dando ya muestras, a mis 15 años, de vocación por la psicología, la tal declaración me llevó a escudriñar las expresiones y comportamiento social de todas las ovejas que encontraba yo en el pueblo, y a reparar en detalle en cómo las trataban sus dueños.

Me quedé sin saber si Venancio tenía alguna preferida entre su rebaño ovejuno. Lo que sí sé es que no tenía carnero, pues tal vez los celos se lo impedían.

Cuando en 1974 organicé una excursión a Machu Picchu, hicimos escala, tanto en la ida como en la vuelta, en la ciudad de Cuzco, lugar desde donde partía el tren para Machu Pichu. En una visita al mercado indígena de esa ciudad, uno de los integrantes del grupo se desmayó cuando, a pesar de que habíamos sido advertidos al respecto, un repentino cambio en la dirección del viento nos hizo llegar el “perfume” que despedían las decenas de indias que en ese mercado había.

Según nos explicaron después, como argumento de culpabilidad por no haber hecho caso de la advertencia, ocurre que, según la costumbre del lugar, cada una de las indias adultas llevaba puestas, en promedio, unas siete faldas que va acumulando desde niña, pues cuando la exterior se deteriora mucho, se pone otra encima sin sacarse para nada la que, aunque deteriorada y sucia, queda debajo, y así llega al tal promedio, ya que no se quita ninguna ni para remendarla o lavarla. Como, para colmo, no se bañan —la temperatura del lugar no invita precisamente a meterse en el agua— es fácil imaginarse el “aroma” que despiden.

Entonces pude entender otra información que nos dieron: que los indios prefieren tener relaciones sexuales con las llamas que, por supuesto, están más limpias y menos “perfumadas” que sus mujeres. Y en Machu Pichu recordé a Venancio.

Queda claro que la necesidad busca caminos, y que tal vez el búlgaro —cuya pinta habla por si sola— tiene razón al decir que es mucho más rentable el animal que la fémina,… aunque alguien podría pensar que en vez de rentable debió decir fiable, peligrosa, etc.

En fin, como se decía en El Paso, “Cada quien opina de la feria según le fue en ella”.

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13.04.08

Ya son marido y cabra

Stoil Panayotov, un granjero búgaro desafortunado en el amor y divorciado de su tercera mujer, contrajo matrimonio con una cabra el pasado mes de mayo en el mercado de la ciudad de Plovdiv, en el centro de Bulgaria.

Según relata el tabloide británico The Sun, Panayotov dedició tomar esta decisión, tras su desafortunada historia de matrimonios.

Con su última mujer, María, había convivido durante 9 años; desde entonces, no había conseguido levantar cabeza.

Debido a eso, el pasado marzo y en un mercado de ganado, cambio a la mujer por una cabra llamada “Elena”, harto de no tener hijos y de ser infeliz.

El trato se cerró frente a una multitud estupefacta, en la localidad de Plovdiv, en el centro de Bulgaria.

El tipo tiene 54 años e insiste en que “la mujer” dio su visto bueno al acuerdo.

Su razonamiento es que la cabra ha tenido ya tres crías y su esposa no había dado nunca a luz, lo que pone en clara evidencia que es mucho más rentable el animal que la fémina.

Cuesta imaginar lo que hará Stoil, y con quién o con qué optará por casarse, si las cosas no le marchan bien con “Elena”.

LD

14/04/2008 Publicado por CMP | ■ El Paso y el terruño | | 3 comentarios

[*ElPaso]– El duelo y la figuración social

Carlos M. Padrón

Bernardita Perera era una dama de El Paso de Arriba que, en mis tiempos, ya estaba entrada en años y seguía soltera.

Si mal no recuerdo vivía sola, pues sus padres habían muerto, y tenía un solo hermano que emigró a Cuba y no había vuelto más a El Paso. Supongo que entre ellos mantendrían alguna correspondencia, pero no estoy seguro.

Sí lo estoy de que para ella la figuración social, el qué dirán, tenía gran importancia, y, por ejemplo, en su opinión el uso de gafas (lentes) no se debía a la necesidad de corregir un problema visual sino a la conveniencia de destacar socialmente llevando puesto algo que, creía ella, estaba de moda entre gente importante, y daba prestigio, razón por la cual cuando una vez tuvo que ir a Santa Cruz de Tenerife, vino a mi casa —esto lo contaba mi madre—, a pedir prestados un par de lentes de los de mi padre, no importa cuál, para ella llevarlos en su viaje y usarlos en Tenerife, pues si llegaba allá sin gafas, ¡qué diría la gente!

Un día, Antonio Simeón, un vecino suyo, recibió el poco agradable encargo de hacerle saber a Bernardita que su hermano había muerto en Cuba.

A media mañana del día siguiente, hora que don Antonio creyó prudente, se dirigió a casa de Bernardita y comenzó a prepararla con otros temas de conversación hasta que, cuando lo consideró oportuno, le hizo saber la mala nueva.

Para su sorpresa, Bernardita no mostró tristeza, no soltó una lágrima ni hizo comentario que denotara dolor, pero sí exclamó:

—Bueno, ¡cosas de la vida!

Y mirando a su alrededor, como queriendo cambiar de tema, dijo:

—Esta casa mía no está para visitas.

Si bien era cierto que la casa estaba hecha un desastre en cuanto a orden y limpieza, la inexpresividad emocional de Bernardita desconcertó a don Antonio que, considerando que había cumplido su encargo, emprendió el camino de regreso a su casa, pero no dejaba de darle vueltas a su cabeza tratando de encontrar explicación a tan extraña reacción, o falta de ella, de parte de aquella mujer, máxime cuando, sobre todo las mujeres de aquel pueblo y en aquella época, dramatizaban mucho las desgracias, en particular si se trataba de una muerte, y sus expresiones de dolor eran a gritos acompañados de llanto.

Una vez en su casa, y transcurrida una media hora larga, don Antonio encontró la respuesta que buscaba, pues de repente retumbaron en el vecindario los horrísonos gritos de Bernardita que a todo pulmón clamaba,

—¡Ay, mi hermano, que no te voy a ver! ¡¡Ay mi pobre hermano!!

Gritos que lograron su cometido, pues en pocos minutos la casa de Bernardita se llenó de preocupados vecinos y vecinas,… que encontraron, tanto a Bernardita como a su casa, perfectamente arregladas, o sea, listas para recibir visitas.

24/03/2008 Publicado por CMP | ■ El Paso y el terruño | | 5 comentarios

[*ElPaso}-- Personaje de mi pueblo, ni disminuido ni olvidado: Julio el Gacio

Carlos M. Padrón

Como pública declaración y merecido reconocimiento, aprovecho el cierre (al menos por ahora) de esta serie de artículos sobre “Personajes de mi pueblo, disminuidos pero no olvidados” para hacer público algo por lo que aún estoy agradecido, y continuaré estándolo. Y debo dejar muy claro que, como digo en el título, el personaje de este artículo nada tenía de disminuido y, con lo que acerca de él voy a contar, pretendo que tampoco lo tenga de olvidado.

Este señor, cuyo nombre era Julián Germán Pérez Hernández, era conocido en El Paso por el apodo de Julio el Gacio, pero, para mí, fue y será Don Julio.

Según me cuenta su hijo, también de nombre Julio, ese apodo familiar tuvo su origen en los ojos azules y piel blanca típicos de su parentela, pero, sobre todo, en el peculiar color de los ojos de una de las féminas de la familia, de nombre María, de quien en el pueblo decían que ese color era como el de las vainas de las llamadas gacias, un arbusto que es pariente, según parece, del tagasaste.

Don Julio tenía, si mal no recuerdo, una granja de gallinas, y un andar taciturno. Era, además de dado a la lectura, un autodidacta que había acumulado notables conocimientos acerca de agricultura, ganadería, granjas avícolas, etc., y su gesto para conmigo fue el entonces típico del hombre pasense mayor que se preocupaba por la educación de los jóvenes de su pueblo, se sabía con autoridad moral sobre ellos, y la ejercía en beneficio de éstos y de lo que él consideraba un deber para con el pueblo.

Un día, cuando yo tenía 16 años y estaba con unos amigos en el primer banco que para entonces se encontraba al borde de la carretera, en la primera curva más arriba de Monterrey donde en verano habíamos montado lo que llamábamos “El Senado” —una especie de tribunal en el que, mediante presentaciones orales, ventilábamos asuntos de ‘trascendencia y profundidad’ equiparables a la inmortalidad del cangrejo o el sexo de las nubes—, don Julio venía subiendo por la carretera en el momento en que yo, de espaldas a ella y de frente al banco, comencé mi exposición diciendo:

—Si tal cosa fuera cierta yo no hubiera hecho lo que dicen que hice.

Cuando terminé mi alegato y regresé al banco, don Julio, parado a un lado de la vía en el punto conocido como Boca de la Carretera, a unos 30 metros del banco, me llamó, y yo, por supuesto, me acerqué, un tanto preocupado porque caí en cuenta de que él había estado allí esperando a que yo terminara mi alegato. Cuando llegué a su lado, muy serio pero muy amable, me tomó por el brazo y me dijo:

—Carlos, te escuché decir “Si tal cosa fuera cierta yo no hubiera hecho…”, y eso es incorrecto porque, primero, estás usando dos veces el mismo tiempo subjuntivo del verbo: fuera y hubiera; y segundo, y más importante, no estás usando el tiempo condicional, que es el que debes usar cuando usas el ‘si’ condicional. Por tanto, debiste decir “Si tal cosa fuera cierta yo no habría hecho…”.

Durante los 51 años transcurridos desde ese día, cada vez que en forma oral o escrita he tenido que lidiar con esa construcción gramatical —y puedo asegurar que han sido muchas, pero muchas veces— he recordado aquel incidente, y mentalmente he dado gracias a don Julio por haberse tomado la molestia de enseñarme lo que ninguna otra persona me enseñó de forma tan clara y oportuna. Su noble gesto no cayó en terreno baldío.

Lo que dije en el artículo de introducción a esta serie, lo repito en el de cierre: La inmortalidad es la condición mediante la cual perduramos en el recuerdo de otras personas.

18/02/2008 Publicado por CMP | ■ El Paso y el terruño | | 5 comentarios