[*Opino}– La plaga de la impuntualidad

04-06-14

Carlos M. Padrón

Sobre la maldición de la impuntualidad ya he opinado varias veces.

Aunque de ella trata el artículo que copio abajo, no estoy de acuerdo con los remedios que contra este mal se proponen en él, al menos es lo que deduzco de mis experiencias con personas sistemáticamente impuntuales.

En lo que sí estoy de acuerdo es en que la impuntualidad repetida es una flagrante e intolerable falta de respeto contra las personas a quienes afecta, porque —y esto es lo más grave— les hace gastar el recurso menos renovable que tenemos: TIEMPO.

Con los impuntuales que he conocido —casi todos notables por un cierto grado de caos en sus vidas— ha sido inútil razonar, pus, como bien dice el artículo, siempre tienen a mano un pretexto que, en los más de los casos, es un insulto a la inteligencia de quien lo recibe; sólo las medidas de fuerza han dado resultado, como las de fijar una hora para comenzar una reunión de trabajo, y cerrar a esa hora las puertas del recinto en que ésta se celebre.

Ante el riesgo de una severa reprimenda o, lo que es peor, de la pérdida del trabajo, resulta casi ofensivo que nunca más esos “llegatardistas” llegaron tarde a tales reuniones.

Sospecho que es desde el seno familiar desde donde puede ponerse correctivo a este mal hábito, pero si los familiares toleran sin protestar los abusos y robos de tiempo de un pariente “llegatardista”, será muy difícil que éste se corrija.

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03 de junio de 2014

Natalia Martín Cantero

Cómo superar el mal de la impuntualidad

Aunque hay diferentes tipos de ‘llegatardistas’, todos ellos suelen caracterizarse por tener una excusa siempre a mano y ser incapaces de romper con la manía. Sin embargo, hay soluciones.

¿Es un hábito? ¿Un gen? ¿Una enfermedad? ¿Un embrujo? ¿Mal de ojo? ¿Todo lo anterior? Si eres portador de este virus o has cometido la imprudencia de poner llegatardistas en tu vida, quizá hayas observado que es más fácil que el camello entre por el ojo de la aguja que romper la costumbre, bastante extendida en este país, de la impuntualidad.

Aunque hay diferentes tipos de llegatardistas, como se verá enseguida, todos ellos suelen caracterizarse por tener una excusa siempre a mano, y ser incapaces de romper lo que a veces parece una manía de la que es imposible zafarse.

A causa de su costumbre de llegar siempre tarde, la consultora Diana DeLonzor sufrió graves problemas en el trabajo, conyugales y entre sus amistades; a pesar de todo, no consiguió cambiarlo. Esto es, hasta que escribió su libro, titulado Never be late again (Nunca llegues tarde de nuevo), y comenzó a dar talleres y seminarios sobre el asunto (monetizando con habilidad su mal). “Decirle a alguien que llega crónicamente tarde, que sea puntual es como plantearle a una persona a dieta que no coma tanto”, señala DeLonzor. “La gente puntual no lo entiende. Creen que es algo que tiene que ver con el control, pero es un problema mucho más complejo”.

En el estudio que la autora realizó en la Universidad de San Francisco, encontró que el 17% de los participantes llegaban crónicamente tarde, y entre ellos se repetían algunos patrones: tendían a posponer más las cosas pendientes, y sufrían más dificultades relacionadas con el autocontrol y la atención.

A partir de esta modesta investigación, en la que participaron 225 personas, De Lonzor agrupó a los llegatardistas en siete categorías:

  • Los productivos. Se caracterizan porque desean hacer lo máximo en el menor tiempo posible. Estos tipos tienden a utilizar el “pensamiento mágico” que consiste en infravalorar la cantidad de tiempo que lleva, en la realidad, completar las tareas pendientes. Como odian malgastar el tiempo, se organizan de forma que vayan a emplear cada segundo de cada minuto, aunque sea a costa de hacer esperar a los demás.
  • Los que apuran hasta el último momento. Estas personas aseguran que son más productivas si se encuentran bajo presión. A veces es difícil motivarlas si no hay algún tipo de crisis de por medio.
  • Los distraídos. Fácilmente identificables por la cantidad de vuelos y trenes que pierden, no tienen noción del tiempo, y se les olvidan desde los cumpleaños de sus madres a las entrevistas de trabajo.

Al lado de estos tres grandes grupos se encuentran otros cuatro:

  • los que nunca admiten su falta y saltan de excusa en excusa
  • los que carecen de autocontrol
  • los que buscan hacerse los interesantes llegando tarde, y, por último,
  • los rebeldes, que utilizan la falta de puntualidad como una forma de demostrar su poder.

Lo más habitual, sin embargo, es pertenecer a dos o más categorías al mismo tiempo.

Como en tantas cosas, el primer paso para cambiar es ser consciente de ello —palabras mayores entre el llegatardista que siempre tiene alguna excusa a mano—, y analizar el fenómeno de cerca, planteándose cuestiones como estas:

  • ¿Llegas tarde sistemáticamente a todo, o sólo en determinados asuntos, como las reuniones familiares?
  • Una vez en la calle ¿te invade súbitamente la duda de si te dejaste la luz del baño encendida y has de volver a casa?
  • ¿Eres de los que ha de enviar ese último e-mail antes de salir de la oficina?
  • ¿Crees que quedarás absuelto a base de SMS en los que avisas de tus retrasos?

Un escollo importante para cambiar es que, como habrán notado quienes hayan pasado temporadas en países como Estados Unidos o la mayoría de los europeos, la impuntualidad es algo aceptado en nuestra sociedad.

Un experto en productividad personal recuerda que en las reuniones de trabajo es habitual que se concedan diez minutos de cortesía a quien llega tarde. “Penalizamos a los asistentes y nos compadecemos de los no presentes”, señala. “Por supuesto, cualquiera puede no ser puntual excepcionalmente a causa de un imprevisto. El problema surge cuando se convierte en un hábito, y con ellos se mustra una falta de compromiso, cuando no de respeto. Algo que repercute, como es lógico, en la productividad”.

Se sugiere atajar el problema calculando llegar a la cita quince minutos antes. Eso dará cierto margen para los inconvenientes de la vida real (el tráfico, las colas, las averías, etc.). Parece que de esa forma sería uno quien perdería el tiempo si llegara antes; para evitarlo, hay que llevar algo que hacer durante la espera.

Es útil, por otra parte, coger lápiz y papel y escribir cuánto tiempo, en realidad, lleva emprender una tarea. Por ejemplo, por la mañana, en lugar de utilizar el “pensamiento mágico” (me ducho, me arreglo y desayuno en cinco minutos) tomar nota del tiempo real y actuar en consecuencia.

Otro experto cree que para cambiar se necesita una fuerte motivación. Ésta puede enmarcarse dentro de un plan de mejora personal más amplio, o ser muy específica: lograr ese ascenso en el trabajo, estar preparado para una presentación, o no volver a perder una avión. La solución pasa por una buena gestión del calendario. Si se tiene todo recogido en el calendario y se lo revisa a diario, no se pasa nada. Solemos dejar que nuestra mente nos recuerde las cosas, y ya sabemos que no es el mejor lugar para guardar fechas, reuniones, etc., dado que cuando lleguen no nos avisará.

Quizá pensar en el otro sea el mejor estímulo para romper el hechizo. Cuando no se es puntual, se está robando a la persona afectada uno de sus recursos limitados más valiosos: su tiempo. Ser impuntual puede mermar la confianza en una persona, y esta situación puede llegar a generar mucho estrés. Uno tiende a fiarse poco de las personas que llegan tarde sin avisar, sobre todo si no se las conoce, pues, si a una primera cita llega tarde, ¿qué ocurrirá después?.

Fuente

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