Archivo de la categoría: De filósofo, poeta y..

Temas relativos a mi vida en general, o sea, de corte biográfico, o relativos a la vida de mis familiares.

[*FP}– Mi agradecimiento para todos los que me han felicitado en Facebook

27-05-2016

Carlos M. Padrón

Vaya mi sincero agradecimiento para todos los que, durante la semana que termina hoy, me han puesto en Facebook una felicitación por el 10° aniversario de Padronel, felicitaciones éstas que Chepina, que sí usa Facebook, copió anoche y me me las envió por e-mail.

Como he dicho varias veces en este blog, no uso ninguna red social; simplemente, no me gustan, y en materia de gustos…. Abrí cuenta en Facebook porque tanto FeedBlitz como WordPress ofrecen el servicio de publicar en esa red lo que el administrador de un blog escoja, y yo decidí aceptar ese servicio, que es gratuito.

Ése es el único uso que doy a Facebook, y, para ver si en verdad funciona el tal servicio, a veces entro en mi cuenta y he comprobado que no siempre aparece publicado lo que yo escogí, pero algo es algo. Espero que este post sí aparezca.

De nuevo, ¡gracias a todos por sus felicitaciones y expresiones de ánimo!

[*FP}– Diez (10) años de Padronel

23-05-2016

Carlos M. Padrón

Hoy, 23 de mayo de 2016, cumple Padronel diez (10) años de haber salido al ciberespacio.

Fue el 23/05/2006 cuando, ayudado técnicamente por el amigo y exIBMista Jairo Martínez, y anímicamente por mi hija Elena, me embarqué en esta para mí entonces aventura que durante diez años me ha permitido, aún viviendo en un retiro casi de clausura —gracias a la política, que por eso no está en mi blog— mantenerme al día sobre lo que ocurre en el mundo, y aprender bastante sobre varios temas como, por ejemplo, el de la computación personal y el de los teléfonos celulares, de los que nada sabía yo cuando comencé con Padronel.

Además, me ha permitido también, y aún me permite, sentirme útil cuando, por ese conocimiento alcanzado, he podido y puedo ayudar a otros que al respecto saben menos que yo y me han pedido ayuda, bien sea en persona o por este medio.

Aprovecho la ocasión para dar las gracias a Jairo, a Elena y a los lectores que durante estos diez años, o parte de ellos, han visitado y leído este blog.

Éste fue uno de los primeros artículos que de mi cosecha publiqué, acerca de una odisea de la que en 2016 se cumplirán 60 años, aniversario que mucho me gustaría celebrar con los otros tres amigos que en ella participaron conmigo.

Espero que haya pronto este año, tanto en mi blog como en lo que me ha mantenido apegado a él, un cambio significativo

[*FP}—Abril 16 de 2016: 50 aniversario del día en que volví a nacer

16-04-2016

Carlos M. Padrón

El 30/06/2009 conté, bastante por el aire y en parte de este post, algo que en 1966 me ocurió con mi carro (coche).

Hoy lo cuento con todo detalle porque se cumplen 50 años de lo entonces ocurrido.

En abril de 1966 compré el segundo carro que he tenido en mi vida: un Ford Fairlane 500 Custom año 1966, de color verde.

A primeras horas del sábado 16/04/1966, mi entonces mujer, Ceciilia, se había ido a la playa con mi hermano mayor, Raúl (q.e.p.d.) y su familia, y yo prometí reunirme con ellos después de terminar un trabajo urgente que tenía que hacer en mi oficina, en Olivetti.

Terminé ese trabajo cerca de las 14:00 (02:00 pm). Fui a mi casa, me cambié de ropa y, a bordo de mi flamante carro, que al momento tenía sólo 458 Km de recorrido, tomé la Avenida Voctoria para ir rumbo a la playa.

Estando parado esperando luz verde en un semáforo de esa avenida, de una calle transversal apareció a mil por hora un vehículo —del que sólo alcancé a escuchar un chirrido de cauchos que hizo que yo mirara hacia el lugar de donde procedía, y apenas pude ver algo blanco que se me venía encima— que impactó con tal violencia contra la esquina delantera izquierda de mi carro que quienes vieron el accidente y el estado mío y de mi carro no entiende cómo salí vivo de este trance.

Del carro chocado me sacó, entre otros viandantes, uno de los dos  hermanos García Vivas (ambos eran empleados de Olivetti) que en el momento del choque pasaba por el lugar del accidente, se acercó, me reconoció, abrió la puerta del lado delantero derecho, me llamó por mi nombre y me urgió a salir.

A pesar del dolor que yo sentía en casi todo el cuerpo, no sé cómo pude destrabar mi pie izquierdo del hueco donde estuvieron los pedales, que habían desaparecido hacia adelante, hacia el motor, ni lograr liberar mi pecho de la presión que sobre él ejercía el volante del carro, contra el cual había impactado mi torso. Mientras para salir del carro me deslizaba por el asiento delantero, mi mano tropezó con algo que resultaron ser mis gafas, milagrosamente sólo descuadradas.

Ya fuera del carro, y mientras Vivas y otro señor de acento español me sostenían en pie, este último me dijo: “¡Ay, su carro: no sirve para nada!”. Sin embargo, aunque escuché y recordé esto, no recuerdo haber mirado siquiera para los carros, el mío y el que me chocó. Sólo recuerdo esto que he contado.

Cuando al lugar del accidente llegaron los patrulleros de Tránsito —llamados aquí fiscales—, a pesar de mi lamentable estado, en su carro-patrulla me llevaron detenido a un retén de San José, un barrio de Caracas.

Ante las protestas de otros allí recluidos, hombres ya mayores que notaron cuán mal estaba yo, los del retén aceptaron avisar a mi familia llamando al teléfono que di.

Pero, aunque en horas del atardecer de ese sábado el conductor del otro carro, que resultó ser un muchacho casi adolescente, fue al retén acompañado de su padre, que se identificó como coronel del Ejército, declaró que yo no tenía culpa alguna en lo ocurrido, y pidió que me liberaran, no me dejaron salir. Sólo aceptaron que me viera un médico.

Poco después llegaron al retén Raúl, Cecilia y el médico que mi hermano consiguió y que fue el único que los del retén dejaron entrar.

El médico limpió como pudo mis heridas visibles, medio arregló mi codo izquierdo, del que había brotado un bulto del tamaño de un huevo grande, y me puso ese brazo en cabestrillo. Y habiendo comprobado que yo tenía rota una costilla, me vendó todo el pecho de forma tan apretada que apenas podía yo respirar, pero eso era preferible al dolor que sentía antes.

Su recomendación fue que había que llevarme a un hospital, pero las autoridades del retén se negaron de plano a dejarme salir; sólo aceptaron que el médico me diera analgésicos. Como no me dio ningún somnífero, el dolor no me dejó pegar ojo esa noche.

A pesar de mi estado y de las declaraciones del coronel y su hijo, los de Tránsito no me dejar salir porque yo no sólo era musiú (y, para colmo, con carro nuevo) sino que no podía ocultarlo, pues aunque lo de muy catire (rubio) y lo de ojos claros podría pasar, mi aspecto físico y mi forma de hablar me delataban y les resultaban insoportables.

El lunes 18/04/1966 en la mañana, los fiscales me llevaron a la inspectoría de Tránsito de Las Piedras —otra zona cerca del centro de Caracas— a que rindiera declaración, y cuando ya me sacaban para enviarme de regreso a San José, y dejarme preso allí —hasta sabría Dios cuándo y de qué me acusarían—, llegó una llamada telefónica  originada en el despacho de Víctor Jiménez Landínez, un conocido de mi hermano Raúl y ministro en ejercicio para el momento, ordenando que me dejaran libre.

Con una frustración más que visible, los fiscales de tránsito, que casi a empellones me estaban metiendo ya en su carro-patrulla, tuvieron que dejarme en libertad.

De ahí, mi hermano Raúl me llevó directamente a la clínica Sanatrix, de Caracas, en la que permanecí hospitalizado por varios días.

Recibida ya el alta médica, quise saber dónde y cómo estaba mi carro, y tomarle fotos que podrían serme de utilidad en el reclamo al seguro, y el domingo 24/04/1966, mi hermano Tomás (q.e.p.d.) nos llevó a Cecilia y a mí al lugar de Tránsito, un lote de terreno en o cerca de Vista Alegre, al oeste de la ciudad, donde quedaban confiscados los vehículos implicados en un accidente en el que hubiera habido heridos o muertos.

El fiscal que custodiaba la entrada al sitio nos negó el paso, pero cuando describí cómo era mi carro y le dije que era yo quien iba manejándolo al momento del choque, el hombre puso cara de asombro y nos dijo: “¡No puede ser! Cuando aquí entró ese carro, todos estuvimos de acuerdo en que el conductor no había sobrevivido. Sólo para que vean por qué dijimos eso, voy a dejarlos pasar”.

Y sí, nos dejó pasar y le tomé al carro estas dos fotos:

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El que mi mira hacia dentro del carro es mi hermano Tomás.

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Nótese que el volante está doblado hacia afuera por el impacto con mi pecho. La protuberancia que se ve en la puerta la hizo mi codo izquierdo, y el hundimiento en el techo causó una herida en lo alto de mi cabeza.

¡Cuánta razón tenía el señor que el día del accidente me dijo que mi carro no servía para nada! Y tan inservible quedó que el Seguro aceptó pérdida total.

Después de esta experiencia tuve claro que, para evitarme problemas en trámites a efectuar en dependencias oficiales, lo mejor era que, siempre que fuera posible, pagara yo a un gestor para que me los hiciera. Y así he procedido desde entonces, pues mi pinta de musiú me cerraba puertas automáticamente, y aún, 50 años después, sigue creándome problemas.

Aunque me llamen supersticioso, hoy, día en que se cumple medio siglo de este accidente que bien pudo costarme la vida, me he negado de plano a salir a la calle, pues, para colmo, aquel para mí fatídico 16 de abril de 1966 fue sábado, al igual que hoy.

[*FP}– Felicitación navideña de PADRONEL para todos sus lectores

Este año uso la versión, cantada con su letra original, del que creo que es el más bello de los temas de Navidad: Stille Nacht, al que en el mundo de habla hispana se le conoce con el título de Noche de Paz, y en torno al cual existe una bella historia.

La primera vez que lo canté fue a finales de la década de los 50, con esa letra —o sea, en alemán— y en la Coral Clásica que en Santa Cruz de Tenerife dirigía mi prima Carmen Martín González.

Mi deseo para todos los lectores de Padronel es que tengan una feliz Navidad y un 2016 mejor que el 2015 que ahora termina.

Para escuchar/bajar el archivo, que me llegó por cortesía de José Antonio Rodríguez, clicar AQUÍ.

[*FP}– España. Obtención del permiso de conducir, ahora y hace 21 años

12-10-2015

Carlos M. Padrón

Revisando la prensa digital española encontré el artículo Los examinadores de Tráfico, acorralados por las «palizas» de los suspensos en el que, entre otras cosas, se dice que los examinadores “interrumpen los exámenes como protesta ante el aumento de agresiones por parte de algunos alumnos descontentos con su evaluación”. “La normativa [por la que se rigen los examinadores], que antes permitía al examinador informar de la nota a los profesores de autoescuela, obliga a explicar al candidato los errores que ha cometido”.

Al leer ese artículo me vino a la mente que hace 21 años, cuando yo vivía en Madrid y trabajaba en IBM de España, escribí y envié a mis compañeros en IBM de Venezuela el relato de la odisea que sufrí, entre 1993 y 1994, para obtener en España el permiso de conducir.

Busqué ese relato, lo encontré, y, aunque lo envié entonces en tres capítulos y un epílogo, aquí lo reproduzco en una sola entrega que muestra que, por lo visto, para la DGT (Dirección general de Tráfico de España) los tiempos han cambiado, y si ahora los examinadores están acorralados, sería bueno que recordaran que sus antecesores de hace 21 años causaron estragos a placer, con arrogancia y recochineo, entre aquéllos a quienes examinaban.

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Para manejar en España

Capítulo I (21-10-1994)

Creo que está claro que en este mundo de hoy, sea por motivos laborales o sociales, hay que tener un vehículo para movilizarse, razón por la cual compré un carro (coche) apenas llegar a España y me di a la tarea de obtener el correspondiente permiso de conducir (nombre que aquí se da a lo que en Venezuela llamamos “licencia”), pues con la licencia venezolana sólo podía conducir seis meses, y con la internacional un año, aunque, a la hora de la verdad y según la Ley, ninguna de las dos me serviría porque el nacional de un país sólo puede manejar en ese país con la licencia o permiso de su nacionalidad.

Por aquello de que es bueno escarmentar en cabeza ajena, y habiendo oído cómo es aquí la burocracia, desde abril de 1993, cuando vine al look & see, hice averiguaciones sobre la mejor forma de obtener ese permiso.

Me dijeron que existía la figura del canje, y que Venezuela estaba entre los países con los cuales España aceptaba canje de permisos. Me dieron la lista de los recaudos necesarios, y me aconsejaron que, dado que yo tenía residencia en Canarias y la obtención del permiso hay qua tramitarla donde se tenga la residencia, era mejor que me aprovechara de eso y tratara de hacer en Canarias las gestiones de canje, pues para la DGT en Canarias es común el canje de permisos venezolanos, mientras que en Madrid es asunto raro.

Si yo presentaba todos los recaudos y en regla, dijeron mis amables consejeros, la DGT me enviaría por correo mi permiso español, como se lo habían enviado en su momento a varios conocidos míos. En fin, un trámite muy simple y rápido.

Seguí el consejo, y a finales de julio de 1993 inicié el proceso a través de una gestoría especializada, como es de rigor, a la cual, el 26-07 mandé desde Madrid todos los recaudos, los traídos desde Venezuela, como la certificación de la autenticidad de mi licencia venezolana, más los obtenidos aquí en Madrid, como el certificado médico, que cuesta 3.500 pesetas ($27) y sólo tiene 90 días de validez.

Pero en verano este país casi que se cierra por vacaciones, por lo que creo que mi expediente de solicitud de canje comenzó a moverse a partir de septiembre.

En noviembre me llegó, con fecha de septiembre, un oficio de la DGT de Tenerife en el que se me decía que tenía que presentar un documento que demostrara que yo había residido en Venezuela por lo menos durante los seis meses anteriores a la fecha de expedición de mi licencia venezolana, o durante un periodo de seis meses dentro del cual cayera la fecha de expedición de esa licencia, pues los sellos consulares estampados en mi pasaporte no eran prueba aceptable.

Les solicité más información al respecto y les pedí que me devolvieran mi licencia venezolana (que aparte de necesitarla para manejar en Venezuela podría servir para sacarme de un apuro en España mientras yo no tuviera el permiso español), pero me dijeron que sólo me sería devuelta cuando, bien o mal, terminara el proceso de mi expediente, no antes.

Consulté con Venezuela y encontré que sólo un Certificado de Residencia podría servir para probar lo que la DGT quería, así que pedí favores a unos y a otros, y, una vez que me consiguieron el 11/11/1993 ese certificado, lo mandé a legalizar al Ministerio de Justicia, al de Relaciones Exteriores, y al Consulado de España, todo lo cual costó unos 10.000 bolívares ($96).

Cuando llegó por fin a mis manos en Madrid parecía, por la cantidad de sellos y firmas, el Testamento de la Corona. Feliz de haberlo conseguido, saqué un nuevo certificado médico, pues el anterior había caducado, y, a comienzos de enero de 1994 envié ambos documentos a Canarias.

Pero en mayo de 1994 —todas las fechas de aquí en adelante corresponden a este año— la DGT de Tenerife me comunicó que ese Certificado de Residencia, a pesar de su imponente apariencia, no servía porque no indicaba explícitamente que yo residí en Venezuela en un periodo de seis meses dentro del cual cayera la fecha de expedición de mi licencia.

Argumenté que pretender que un certificado de residencia dijera textualmente tal cosa era como pretender que mi partida de nacimiento dijera algo así como que el día en que nací “brillaba un sol radiante y los pájaros cantaban felices en el bosque”, pues el texto de ambos documentos es fijo.

Pero la DGT contestó que eso era asunto mío (¡cómo se me ocurría poner a pensar a un funcionario público, o, peor aún, a que buscara solución a un problema planteado por su administración!), y me recordó, de paso, que ya necesitaba otro certificado médico porque el enviado en enero había caducado. Al fin y al cabo, los dioses de la administración pública estaban siendo bastante tolerantes conmigo.

El 24/05, viéndome acorralado porque en junio expiraba el plazo legal de un año que, por vía de excepción, podría tal vez permitirme conducir en España con un permiso internacional, mandé un fax al cónsul de España en Caracas planteándole mi situación, informándole que la DGT de España no aceptaba la validez de los sellos de baja consular que el consulado haba estampado en mi pasaporte cuando me vine para España, y solicitando su ayuda.

Para mi sorpresa, el cónsul me contestó al día siguiente mediante un fax en que explicaba la aparente incongruencia entre los sellos y las fechas en mi pasaporte, y que terminaba con un párrafo en el que certificaba que yo habla residido en Venezuela desde tal fecha a cual fecha.

Como quien, en un acto de supremo altruismo, perdona la vida a un criminal, la DGT de Tenerife me dijo que aceptaba como bueno ese fax del cónsul (pienso que de no haberlo aceptado podrían haberse metido en un lío), pero que, para poder seguir procesando mi expediente, necesitaban de mí un certificado médico expedido en la provincia de Tenerife, pues los expedidos en Madrid no servían.

Si eso es lo que marca la Ley, bien pudieron decírmelo desde el principio y me habrían evitado gastar las 7.000 pesetas ($54) de los dos certificados que hasta ese momento había sacado yo en Madrid. Pero, claro, eso habría requerido de su parte analizar y manejar más de una objeción a la vez, y, ¡por Dios, hombre, no se puede pre­tender tanto!

Viendo ya luz al final del túnel, me fui a Canarias en junio de 1994 e hice dos horas de espera en un consultorio especial de un pueblo vecino a El Paso, mi pueblo natal, para sacar un nuevo certificado médico.

Pasé la prueba física y la psicotécnica (que es la más difícil), pero cuando estaba en la de visión me dijo el oftalmólogo que yo tenía problemas, lo cual no me extrañó porque, en comparación con las que había visto en Madrid, su instalación de pruebas parecía diseñada para que nadie viera nada.

Como por allá todo el mundo se conoce mal que bien, desempolvé algo de historia con aquel señor y conseguí que me diera como apto. Luego supe que rechazaba en promedio al 70% de las personas que por allí pasaban, pues es el único oftalmólogo del lugar, y, además de trabajar para la DGT, tiene también su consultorio particular. ¡Un negocio redondo!

Creyendo que al fin había terminado (iluso yo), entregué a la DGT de Tenerife mi certificado médico local, y por poco me da un infarto cuando me dijeron que tenía que presentar un examen de manejo, bien teórico o bien práctico.

Me resultó claro que estaba pasando algo anormal, así que me puse a hacer averiguaciones y supe que el director de la DGT de Tenerife tenía una particular arrechera (cabreo) personal contra de los venezolanos, pues descubrió que, abusando de la legislación de canje de permisos, muchos lugareños que nunca se habían sentado tras un volante pero que tenían parientes en Venezuela, compraron a través de éstos una licencia venezolana y la usaron para obtener, por canje y vía correo, el permiso español.

Al descubrirse el fraude, la DGT se fue al otro extremo, y, en particular la de Tenerife, decidió poner cualquier cantidad de trabas a los canjes de licencias venezolanas. Y esto había ocurrido mientras se procesaba mi expediente (por supuesto, no pudo ocurrir después), periodo durante el cual, y por el motivo indicado, cambiaron la Ley y ahora no había canjes por correo sino contra aprobación de examen.

 

Capítulo II (26-10-1994)

La probabilidad de infarto aumentó cuando me explicaron cómo operaba lo de la presentación del examen, y qué podía yo esperar. Y mi fuente de información era muy confiable, pues a través de parientes pude llegar hasta un funcionario de la DGT quien, a título personal y con carácter confidencial, me echó el cuento completo, que puede resumirse así:

  • Yo debería escoger examen práctico, pues el teórico está lleno de trampas y nadie lo pasa antes de varios intentos.
  • Para presentar examen práctico tenía que inscribirme en una autoescuela y tomar varias clases, pues sólo así sabría yo, e incorporaría a mi rutina de manejo, lo que los examinadores querían o no querían ver.
  • Luego tendría que esperar a que la DGT le aceptara a la autoescuela un examen para canje, lo cual sería sólo en uno de los contados y prefijados días de cada mes en que cada autoescuela tiene cupo para presentación de exámenes.
  • Pero, precisamente por ser yo veterano manejando, y precisamente por ser venezolana la licencia que quería canjear, me rasparían (reprobarían) inexorablemente en el primer examen, y la presentación del segundo y último (pues si no pasaba el segundo tendría que iniciar desde cero, como cualquier principiante, el proceso de obtención del permiso), sería en la fecha que la DGT fijara, no en la que yo quisiera.
  • Además, era muy conveniente que yo supiera que al manejar sin permiso me exponía a una multa de por lo menos 50.000 pesetas (unos $380), y en caso de accidente no me serviría de nada el costoso seguro de responsabilidad civil de amplia cober­tura, y el de autocasco a todo riesgo, que había comprado yo al comprar el carro (sin un seguro no podía sacarlo a la calle), porque la falta del permiso de conducir me descalificaba ante cua1quirr compañía de seguros.

Como no podía quedar sujeto a que la DGT me fijara una fecha, pues tal vez para esa fecha no podría yo ir a Canarias, ni a tener que pagar pasaje de ida y vuelta a Canarias cuando la DGT me convocara al segundo examen, pregunté si yo podía trasladar mi expediente a Madrid y continuar aquí el proceso.

Me dijeron que sí, y el 17/06 ordené traslado urgente e inmediato, pues mi licencia venezolana vencía el 23/07 y la DGT de Madrid no me aceptaría el expediente llegado de Tenerife si la licencia que yo pedía canjear estaba vencida. Tampoco me lo aceptaría si yo no tenía residencia oficial en Madrid.

De vuelta en Madrid me afilié al RACE (Real Automóvil Club de España), una institución que goza de prestigio porque fue fundada por la monarquía (de ahí su calificación de “Real”) y sigue aún bajo sus auspicios. Es como la AAA de USA, y pensé que, ya que en eventuales casos de apuro el seguro no me ayudaría, tal vez el RACE podría serme de utilidad.

El 18/07 a las 08:30 (o sea, un mes después: ¡menos mal que había pedido traslado urgente e inmediato!) un courier me entregó en IBM-Madrid el sobre con mi expediente y con la baja de residencia en mi pueblo natal. Me moví en sólo taxis, y a las 13:30 de ese mismo día, en apenas cinco horas, había yo hecho en Madrid lo que no había logrado hacer en casi un año en Canarias, incluido el cambio de residencia, nuevo certificado médico, pago de los derechos de aceptación de expediente en la DGT de Madrid, etc.

Pero esa mañana estuve más cerca aún del infarto, pues el funcionario que en la DGT de Madrid me atendió, y que imperturbable escuchó la historia de lo ocurrido con mi caso, abrió el expediente y, después de estudiarlo, me devolvió uno tras otro, por INNECESARIOS, todos los recaudos (Certificado de Residencia, copias de pasaportes, fax al/del cónsul de España en Venezuela, etc.) que la DGT de Tenerife me había exigido y en cuya obtención había yo gastado dinero y, sobre todo, tiempo.

Me devolvió, además, la licencia venezolana, la misma que la DGT de Tenerife se había negado a devolverme. Y al final me entregó un formulario para presentación de examen, me aconsejó que optara por el práctico, y me dijo que con ese formulario tenía yo que ir a una autoescuela e inscribirme para poder presentar examen a través de esa autoescuela, y que al examen tenía yo que llevar ese formulario.

Si al final del examen me lo devolvían, era porque me habían raspado; si no me lo devolvían, era porque había aprobado, y, en ese caso, tendría mi permiso después de 10 días hábiles contados a partir de la fecha del examen aprobado.

Como el 31/07 tenía yo que salir en viaje de trabajo a América Latina, me di a la tarea de buscar una autoescuela que tuviera cupo de presentación de exámenes para antes del 31. La del RACE no tenía; una perteneciente a una empresa con la que IBM-España trabaja, tampoco, pero ahí me dieron la dirección de otra que tenía cupo para el 28/07. Me inscribí en ésa y pagué clases y examen.

Durante la primera clase supe por qué hacía falta tomarlas aunque, como era mi caso, llevara uno 30 años manejando, pues, por ejemplo:

  • Hay que mantener ambas manos en el volante todo el tiempo, excepto para cambiar. Mi comentario de que por qué entonces no prohibían en España el que los carros tuvieran descansabrazos le cayó al instructor como patada allí donde más duele.
  • Al cambiar hay que hacer una pausa en neutro.
  • Si al arrancar en primera, por ejemplo, las condiciones son pro­picias para cambiar enseguida a segunda, no se puede, después de poner primera, dejar la mano en la palanca de cambios hasta poner la segunda: hay que llevarla al volante entre el cambio de primera a segunda.
  • Para detenerse por cola sólo debe pisarse el embrague en el último momento.
  • Aunque muchas señales de stop están unos tres metros antes de la intersección correspondiente y acompañadas de una raya, blanca, ancha y sólida, pintada en el piso a la altura de la señal, la imponente raya está de verdad “pintada” al estilo criollo, pues hay que hacer caso omiso de ella y seguir adelante hasta meter la nariz en la intersección de vías, de forma tal que pueda uno ver bien en ambas direcciones, detenerse entonces del todo, y seguir luego cuando no haya peligro.
  • No piden andar en retroceso, ni estacionar, ni arrancar en subida, ni nada relacionado con habilidades especiales. Lo que cuenta no es que uno sepa lo que hay que saber para manejar bien, sino que sepa lo que el examinador cree que uno debe saber.

El sábado 23/07 la clase fue en “el circuito”, o sea, en las rutas por donde tendría lugar el examen real. Para eso fuimos hasta el Centro de Exámenes de la DGT, en las afueras de Madrid, y partiendo de allí rodamos por carreteras, autopistas y centros urbanos llenos de pasos de peatones, stops, redomas (rotondas), etc.

El 28/07 llegué al Centro de Exámenes a las 11:00 (el examen era a las 11:30) y no pude menos que quedarme pasmado ante el espectáculo dantesco que aquello ofrecía.

Tal vez porque era el último día de exámenes antes de las vacaciones de verano, había cientos de jóvenes, pero en actitudes que inspiraban desde lástima hasta miedo, pasando por la ira.

Muy pocos —no más de un 5% —, daban saltos, gritaban o se retorcían como epilépticos en el piso porque, después del enésimo intento, habían logrado pasar el examen final. Los restantes, o deambulaban cabizbajos y abatidos sin rumbo fijo, o maldecían a voz en grito proclamando a los cuatro vientos que era la cuarta o quinta vez que los reprobaban, o, sobre todo las jóvenes, lloraban abiertamente y, en algunos casos, caían desmayadas presas de ataques nerviosos (a una le oí decir que antes del examen había tornado seis tranquilizantes).

Creo que, como media, aquellos jóvenes se habían presentado ya a exámenes tres veces, sin éxito.

Entendí entonces lo que me habían dicho, y yo no había creído, qué la obtención en España de un permiso de conducir, empezando desde cero, puede llegar a costar unas Ptas. 250.000 pesetas ($1.900) y un calvario de varios meses. Creo que el trauma que esto causa es lo que explica que aquí los conductores hagan a diario todo lo que en el examen se les dijo que no debía hacerse, en especial aquello por lo que los rasparon una o varias veces.

Mi examen duró unos 20 minutos. Al final, y por medio del instructor, me devolvieron, sin explicación alguna (¡pues es claro que el examinador, como dios del Olimpo, no puede rebajarse a dar explicaciones a los despreciables mortales que él se digna examinar!), el formulario que me habían dado en la DGT.

Sobre ese formulario, el examinador, que tenía menos años de vida que los que yo llevo manejando, había hecho unas anotaciones casi ininteligibles, pero sí había escrito muy claramente las palabras “NO APTO”, que significaban que yo no había aprobado el examen, y que, por tanto, sólo me quedaba una segunda oportunidad que tenía que ejercer dentro de los tres meses calendario siguientes a ese 28/07, o sea, antes del 28/10.

Entre el instructor y yo tratamos de descifrar lo que el examinador había escrito como causas para no aprobarme, pero sólo logramos entender que yo no había respetado un stop (lo cual no era cierto), y que había hecho doble embrague en la autopista (cierto), cosa que, según el instructor (y, por lo visto, también según el examinador), “sólo debe hacerse en camiones y autobuses”. Definitivamente, ¡España es diferente!

Innecesario describir el calibre de arrechera que agarré, y que fue mi compañera durante el viaje que inicié el 31/07. Pero durante ese viaje, y gracias tal vez a la arrechera, preparé mi estrategia para el paso decisivo.

 

Capítulo III (28-10-1994)

Regresé a Madrid el 08/09, y en el proceso de liquidar el trabajo acumulado durante mi ausencia se me exasperó la alergia, y el 29/09 me tomó por asalto una gripe como no recuerdo haber tenido antes una tan fuerte. Tras la visita a tres galenos, ya que los síntomas y molestias eran cada vez peores, se me diagnosticó sinusitis y se me indicó el correspondiente tratamiento.

Pero aún bajo las molestias propias de tan incómoda dolencia, invoqué la inspiración de las musas y, con el más encendido verbo que ellas me dieron, escribí una carta al Director Nacional de Tráfico, cabeza de la DGT y máxima autoridad de Tráfico en España, describiendo como insólitos los pormenores de mi odisea personal para obtener el canje de permiso, señalando como anomalías de Tráfico las posiciones de intransigencia adoptadas por la DGT de Tenerife, y presentándome al final como un indefenso ciudadano que vivía víctima del más horrible estrés al tener que conducir sin el correspondiente permiso de la DGT, y que había sido objeto de discriminación y del despojo de un tiempo precioso que me había dejado sin un documento válido para reiniciar, en caso necesario, otro proceso, si es que también, de forma tan arbitraria como en el primero, me suspendían en el segundo examen que presentaría esta vez a través del RACE.

Todo lo que escribí era cierto, y todo lo documentable estaba documentado.

El 05/10 fui personalmente al correo y envié la carta, certificada y con acuse de recibo, y me dije que, si esto no funcionaba, entonces haría lo que algunos compañeros de IBM-Madrid me habían aconsejado: llevar mi caso a un tabloide que gusta de publicar abusos como los que conmigo se habían cometido.

Cuando me llegó de vuelta el acuse de recibo, con el sello oficial del despacho del director de la DGT, me fui a la autoescuela del RACE, me inscribí, pagué clases y examen, y de una vez reservé cupo para examinarme el 18/10, que no sólo era el primer día en que esa autoescuela tendría presentación de exámenes ante la DGT, sino, además, una fecha muy significativa para mí.

Tomé una clase práctica en la ciudad el 13/10, día también significativo para mí, y, al contar mi caso al instructor durante esa clase, éste, además de mostrarse más que sorprendido, me dio unos muy buenos consejos que yo debería poner en práctica durante el examen del 18/10 a las 11:30.

El 17/10, día antes del examen, a pesar de que me sentía mal tomé otras clases en el circuito, y, tal vez porque me sentía mal, perdí mi paraguas, pues lo dejé olvidado en el taxi que, de vuelta en Madrid al final de las clases, me trajo desde el RACE a IBM. “Mal augurio, Carlos. Estás de mala racha”, pensé.

El martes 18/10, el “Día D”, amanecí peor que nunca. Tenía algo de fiebre y los consiguientes escalofríos. Tomé un par de aspirinas y salí de IBM en mi carro a las 10:30 am para asegurarme de que, a pesar del tráfico, estarla en el Centro de Exámenes bastante antes de las 11:30.

Aunque ya, manejando yo, había ido tres veces a ese centro, no sé por qué, cómo ni dónde, equivoqué la ruta y me perdí. Y ese día pude comprobar, amargamente y en carne propia, cuán peligrosa es la inconsistencia de la señalización de tráfico en este país, y cuán malo es para dar direcciones el español medio.

El encargado de una estación de servicio (gasolinera) me mandó en dirección contraria. Cuatro de las personas a quienes pregunté dijeron no saber de la existencia de tal Centro. Otras tantas dijeron conocerlo pero no saber dónde estaba. Quise contratar un taxi para que, siguiéndolo yo, me llevara hasta el lugar, pero no conseguí ninguno disponible, etc. Y, entretanto, el reloj avanzaba inexorable.

Un policía me dijo que siguiera la ruta a Móstoles, y me indicó una señal ubicada a unos 50 metros que decía “Pinto y Móstoles”, pero a la tercera bifurcación no apareció más la mención a Móstoles, sólo quedó la de Pinto, que en nada remediaba mi problema… y el tiempo se me acababa.

Recordé que cerca del Centro estaba el pueblo de Alcorcón, y empecé a preguntar cómo llegar hasta él, pero a las 11:30 en punto estaba yo en el medio de no sé dónde y sin encontrar a nadie que supiera decirme cómo llegar hasta Alcorcón, aunque todos dijeron saber que estaba cerca.

Más por sentido de orientación que por las pobres indicaciones recibidas o encontradas en la vía, fui acercándome poco a poco al área del circuito, y por fin me encontré con un carro de auto­escuela. El instructor que iba a bordo me dio instrucciones precisas, y a las 12:00 en punto, convencido de que ya no había nada que hacer, que había perdido tontamente mi segunda y última oportunidad, y temblando no sé si por la fiebre o por la angustia de pensar que ya no podría obtener el bendito permiso, entré en el estacionamiento del Centro de Exámenes.

En el área de espera estaba una muchacha que había tomado clases junto conmigo el día anterior, y me dijo que el instructor me había dejado recado de que lo esperara junto a una indicación cercana. Respiré con alivio: ¡había una esperanza!

Pasado 10 minutos llegó el instructor en su carro de la auto­escuela, en cuyo asiento trasero, muy serio, con aire de importancia y estirado, estaba el examinador. El instructor me pidió que le esperara en ese mismo sitio una media hora más, recogió a otros alumnos y se fueron a examinarles. “No todo está perdido”, pensé esta vez.

Cuando regresaron eran las 12:30, y sólo quedaba yo. Me puse al volante, ajusté controles, etc., y el examinador, sentado detrás de mí junto al instructor, me dijo, después de ver mi documentación, que tuviera mucho cuidado porque ésa era mi última oportunidad. Le di las gracias, me declare listo (cochina mentira), y esperé instrucciones.

“Arranque y doble a la derecha en la próxima esquina”. “Ahora a la izquierda”. “Tome en dirección a Alcorcón”,…. Sólo él hablaba (lo que contrastaba con el examen anterior durante el cual el instructor y el examinador se lo pasaron hablando de sus vacaciones), y yo era todo concentración por temor a no llegar a entender algo, pues tenía los oídos obstruidos, la vista nublada, sudaba frío a pesar de la fiebre, y me dolía la cabeza.

A los 20 minutos estábamos de vuelta en el Centro. Me bajé y esperé fuera del carro. Ambos, instructor y examinador, quedaron dentro hablando, y vi cómo el examinador alargaba hacia el instructor su mano derecha en la que sostenía mi formulario. Temiendo lo peor, me volví para no ver más.

Miré de nuevo cuando oí que hablaban fuera del carro. Se estrecharon las manos, y el examinador, de camino a las oficinas, al pasar junto a mí se despidió con frialdad y sin mirarme, lo cual reforzó mis temores. Cuando hubo entrado al edificio de la DGT me acerqué al instructor, y éste me tendió la mano y me felicitó ¡POR HABER PASADO LA PRUEBA!

Me quedé de piedra. A pesar de todo, algo había salido bien. ¿Qué habría sido? Saque usted sus propias conclusiones.

La que yo saqué es que esperaré hasta comienzos de noviembre. Si entonces me dan el tan ansiado permiso, entonces, y sólo entonces, cantaré victoria.

Entre la sinusitis, y la angustia y confusión por todo lo ocurrido, salí de allí tan atontado que, de regreso a Madrid y para variar, me perdí de nuevo, pues en todo iba pensando menos en la vía. Pero esta vez me lo tomé con tranquilidad, encontré el camino por mis propios medios (que es aquí la mejor forma), y lo encontré tan pronto que llegué a IBM a tiempo para el almuerzo.

Pero, eso sí: temprano en la mañana del día siguiente hice algo que consideré un deber. Fuera de la autoescuela del RACE monté guardia hasta que llegó el que había sido mi instructor, y en agradecimiento por los buenos tips que me había dado y por haber arreglado la situación para que, a pesar de mi retraso en llegar, no perdiera yo la oportunidad de presentar examen, le regalé una botella de ron añejo Santa Teresa, obsequio muy apreciado por estos lares, y que el instructor, con cara de halago y asombro (pues por aquí no abundan tales gestos), se apresuró a guardar en la maleta de su carro.

 

Epílogo (28-10-1994)

¿Ya tienen sus conclusiones? A ver si cuadran con esto.

El viernes 28/10, cuando les mandé el capítulo III, al llegar a mi casa a las 19:30 encontré en el buzón una carta del director de la DGT fechada el 26/10.

El primer párrafo dice textualmente: “En contestación a su carta del pasado día 5, relatándome los hechos para el canje de permiso de conducción venezolano por el correspondiente español, le participo, una vez recabado informe de la Jefatura de Tráfico, que el pasado día 18 del mes actual ha superado usted favorablemente las pruebas para la expedición de su permiso español”.

El resto (dos párrafos con un total de 16 líneas), es un puro guabineo, una salida por la tangente o un pajonal, como ustedes prefieran, que en nada aborda los planteamientos que hice en mi carta. Pero, en fin, la mejor respuesta, y la única que yo esperaba, es el permiso.

Así que, convencido de que si “3M” (que es como los de la DGT llaman a su director general, porque su nombre es Miguel María Muñoz) me escribió el 26/10 era porque mi asunto estaba listo. Me fui hoy, 31/10, a la DGT, ¡Y ME DIERON EL PERMISO! ¡¡EUREKA!!

Pero, ¡qué decepción! Yo esperaba un documento laminado, plastificado, con mi foto digitalizada y destinado a durar eternamente. En fin, algo de apariencia impresionante y acorde con los sufrimientos que me ha costado conseguirlo.

Pero el tan codiciado Permiso de Conducir Español es una vulgar cartulina doblada como un tríptico, en cuya parte interior está mi foto cosida sujeta con una grapa, mis datos personales (nombre, dirección, fecha de nacimiento, etc.), y las fechas de expedición y vencimiento.

Además, y como era de esperar, la cartulina, una vez doblada, no cabe en la cartera en que sí caben todos los demás documentos que uno debe llevar consigo (cédula de identidad o DNI, tarjetas de crédito, etc.).

En lo que sí gané es en que alguien, tal vez a título de “bonus”, olvidó que en el permiso debió indicar, como lo dice el certificado médico, que yo para manejar tengo que usar lentes correctivos, y con ese olvido me evitó la necesidad de llevar un par de lentes convencionales, como repuesto de los de contacto, en la guantera del carro, según marca la Ley.

Pero, en fin, parece que este drama terminó, y si alguno/a de ustedes viene a Madrid podré pasearle con gusto en mi carro sin temor a que me paren los “moscas verdes”, y celebraremos juntos la culminación de este trámite, “sencillo, simple, rápido y breve”, que, iniciado el 26-07-93, “solamente” duró 1 año, 3 meses y 5 días.

[*FP}– Satisfacciones que me depara este blog

28-09-2015

Carlos M. Padrón

Por lo que publiqué en el post La vitamina C y los resfriados, un visitante y lector me hizo, por comentario, esta pregunta: “Carlos, ¿y por qué si ese doctor es de El Paso no lo consultaste antes?“.

Le contesté que en otro post daría yo la respuesta, pues la tal pregunta me ha motivado a escribir ésteo para responderla, ya que en la respuesta está la explicación a lo de las satisfacciones que me depara este blog.

En el post Tiempos de Ayer, publicado el 06/08/2009 y en el que puse la canción de la que salió el título de mi novela, incluí esta foto:

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con esta explicación, que ahora he pulido:

«Esta foto fue tomada en la Cruz Grande (El Paso), frente a la entonces casa de Pepe “el Sirio”, en agosto de 1958 cuando, viviendo yo en Santa Cruz de Tenerife, pude disfrutar de mis primeras vacaciones de trabajo y fui a mi pueblo llevando mi recién adquirida cámara fotográfica.

Creo que, salvo los dos caballeros sentados al fondo, las demás personas que aparecemos en esta foto vivimos aún, aunque yo sólo conozca a dos o tres de los niños que en ella me acompañan.

Uno de ellos —el que está con el balón….— consiguió en este blog mi dirección, me contactó por e-mail y me envió esta misma foto que, aunque tal vez él no lo recuerde, llegó a sus manos porque fue tomada con mi cámara y, de vuelta yo en Santa Cruz de Tenerife, hice varias copias que mandé a mis hermanas en El Paso para que dieran una copia a cada uno de los muchachos que aparecen en la foto y que vivían cerca de nosotros».

Pues bien, ese niño que está con el balón se convirtió con el tiempo en el Dr. José Antonio Rodríguez, el que me indicó el tratamiento que, al menos por nueve meses, me ha mantenido libre de resfriados: todo un record en los últimos 30 años de mi vida.

Al comienzo del artículo del artículo Mi llegada a la computación y a IBM escribí esto:

«Hay hechos en mi vida que, cuando hago retrospectiva, me producen una mezcla de desasosiego, amargura y frustración al caer en cuenta de que nunca más he sabido de las personas que en ellos pasaron por mi existencia, pero que, como si de objetos celestes lanzados a gran velocidad se tratara, me rozaron y desviaron mi trayectoria de forma drástica e irreversible. Me parece injusto el no contar con un medio que me permita volver a ver a esas personas, bien sea para darles las gracias o para hacerles saber cómo influyeron en el curso de mi vida».

Y lo que me ha ocurrido con el Dr. José Antonio Rodríguez es uno de tales hechos, pues ¿a mis 19 años, pensaría yo que 57 años después ese niño, dado a jugar con balones, haría esto por mí?

Lo hizo, y nuestro contacto fue gracias a este blog.

Y hay más. El Dr. Rodríguez conoció a Carmensa, la protagonista de la historia que conté en el post sobre mi primer amor, pues en Santa Cruz de Tenerife vivió él en la misma calle en que vivió ella.

¿Habría ocurrido o sabido yo todo esto si yo no le hubiera mandado las fotos a mis hermanas? Seguramente no. Estas coincidencias, que no casualidades, me fascinan; ¡lástima que haya que envejecer para vivirlas!.

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Este pasado agosto, para poder localizar y reconocer en El Paso al Dr. Rodríguez —que desde Granada fue hasta allá para las fiestas de la Bajada de la Virgen del Pino—, y agradecerle personalmente, usé esta foto en la que aparece él cargando en brazos a su lindo nieto Javier, pues ya el niño de 1958 es abuelo:

Como dije: satisfacciones que me depara este blog.

[*FP}– En California y Canarias, este verano de 2015

05-09-2015

Carlos M. Padrón

Chepina y yo fuimos para Canarias el pasado agosto, después de asistir en Carmel (California, USA) a la boda de mi hija Elena. Una ceremonia muy distinta a las que he visto en otros lados y, en particular, muy emotiva.

En esta foto, previa al momento de la entrega que el padre hace de su hija, ya Elena iba llorando, y yo estaba cerca de hacer lo mismo.

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Pero, pasado ese trance, ya todo fue mejor, como lo muestra esta foto:

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Además, como allí me dijeron que me parezco a Robert Wagner, me dejaron dudando sobre si continuar vuelo a Canarias o irme a Hollywood.

(En las fotos que siguen, nombro siempre de izquierda a derecha a las personas que en ellas aparecen)

Como de costumbre, en el aeropuerto de Los Rodeos, o Tenerife Norte, nos esperaban varios amigos, con algunos de los cuales nos reuniríamos luego en El Paso.

 

imageGilberto Cruz, Juan Enrique Brito, Carlos M. Padrón, Carmen Josefina (Chepina) Pernía de Padrón (en adelante sólo Chepina), y Wifredo Ramos

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Lucy de armas Padrón, Carlos M. Padrón, y Chepina

El Paso estaba de fiesta, y muy engalanado por la celebración de la Bajada de la Virgen del Pino.

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La torre de la Iglesia Nueva y, al fondo, la acostumbrada brisa, que, misteriosamente, no sopla cuando Chepina está en el pueblo. Son siete ya las veces que esto ha ocurrido, algo fuera de toda probabilidad

Pero en este viaje a Canarias nos animaban motivos diferentes al de disfrutar de la romería asociada a esa festividad (para la que el amigo Wifredo Ramos, cronista oficial de El Paso, preparó estos APUNTES porque no pudo asistir), a la cual, sin embargo, asistimos, pero no caminando un largo trecho acompañando a la imagen en su bajada desde el monte al centro del pueblo, como hemos hecho otras veces, sino esperándola en puntos clave en los que suelen hacerse danzas en su honor, y luego a que pasara frente a la casa en que, con un numeroso grupo de amigos y conocidos, aguardábamos haciendo el “sacrificio” de comer y beber (vino, y del tinto, claro está).

imagePepe López, el dueño de la casa y amable anfitrión

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Al igual que ya hiciera en la romería de 2009, este año 2015, Chepina se vistió de “maga”, o sea, que vistió el traje típico de La Palma, lo que en la romería lucen muchos —hombres y mujeres— de los que en ella participan.

El factor común a todo lo que sigue es la compañía de amigos, excelentes personas con las que me une una amistad de, en algunos casos, más de 70 años. Y el departir con ellos es, sin duda, lo mejor que de estos viajes obtengo.

Además de la presentación pública de mi novela, de la que ya colgué en el blog el muy bien documentado artículo titulado «De la presentación oficial de mi novela ‘Aquel futuro de mil caminos’», los más de los días, entre 09:00 y 09:30 de la mañana salíamos a caminar por entre los pinares de El Riachuelo, disfrutando del silencio “atronador” y del aire límpido, perfumado y fresco.

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Detrás: Carlos M. Padrón, José María Brito, Laura de Brito, Francisco Lorenzo, Javier Simón, e Isabel de Simón.
Delante: Chepina, y Fidel González.

Luego, sobre las 11 de la mañana, nos reuníamos en un bar ubicado en El Paso downtown :-) , y allí, frente a cafés (algunos con leche condensada, porque saben mejor) y refrescantes “cañas” (cerveza de sifón), arreglábamos el mundo y, sobre todo, establecíamos las “coordenadas” (lugar, fecha y hora) de la próxima comilona.

Si digo comilona es porque, normalmente, cuando no estoy con amigos, como apenas un tercio de lo que como en esas “gastroreuniones” con ellos. La de asistencia más numerosa fue la celebrada en homenaje a nosotros, en la que éramos 14 comensales, parte de los cuales aparecen en las fotos que siguen.

Pido disculpas a Álvaro Taño, Javier Simón y señora, porque, aunque asistieron, no aparecen en ninguna. Pude tomar más, pero para ello habría tenido yo que salir del sitio en que me senté, lo cual no era fácil.

imageJuan Enrique Brito, Manuel Ángel Yanes, Oswaldo Izquierdo, Rosa Margot de Izquierdo, Chepina, Carlos M. Padrón, y Laura de Brito

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imageCarlos M. Padrón, Laura de Brito, Berta Nola de Martín, José Antonio Martín, y José María Brito

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imageJosé Antonio Martín, José María Brito, y Francisco Lorenzo

Otras comilonas fueron en familia, en la casa de algún amigo, donde, por supuesto, se come más porque el anfitrión no cesa en su samaritano empeño de que probemos esto, lo otro y lo de más allá. Son las ocasiones en las que un puro palmero me ayuda con la digestión y la hiperventilación que me aqueja cuando a nivel del mar hace calor.

imageMario Rigoberto Rodríguez, Eyilda de Rodríguez, y Carlos M. Padrón

Tampoco faltó la celebración del 59° aniversario de la odisea que en una excursión a La Caldera de Taburiente vivimos cuatro amigos —Ángel Díaz (Lelo), Wifredo, Gilberto y yo— el 06 de julio de 1956. Pero, a diferencia de otros años, en éste no pudo unírsenos Wifredo porque vive en Tenerife y allá está esperando estrenarse como abuelo. Sin embargo, celebramos Lelo, Gilberto y yo.

imageGilberto Cruz (que con su mano derecha da a entender que falta Wifredo, “El hombre chiquito”, como Gilberto lo llama), Ángel Díaz (Lelo), y Carlos M. Padrón

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imageGilberto Cruz, Carlos M. Padrón, Chepina, y Ángel Díaz (Lelo)

Ni tampoco faltaron los paseos a los que ya nos ha acostumbrado el amigo Roberto González que se ha constituido en el guía-instructor oficial de Chepina —y a veces también mío— en La Palma y Tenerife.

Fuencaliente (La Palma). Las Salinas

imageChepina, y Roberto González

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Fuencaliente (La Palma). Caserío costero

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La Laguna (Tenerife). El Camino Largo

imageChepina, y Roberto González

Ya de regreso en Venezuela necesitamos unas vacaciones, pues el ajetreo fue de campeonato porque, por ejemplo, en avión hicimos 14 vuelos, a saber:

1: Caracas – Santo Domingo (República Dominicana)
2: Santo Domingo – New York
3: New York – Salt Lake City
4. Salt Lake City – San José (California)
5: San José – Salt Lake City
6: Salt Lake City – Atlanta
7: Atlanta – Santo Domingo
8: Santo Domingo – Madrid
9: Madrid – Tenerife
10: Tenerife – La Palma
11:  La Palma – Tenerife
12:  Tenerife – Madrid
13: Madrid – Santo Domingo
14:  Santo Domingo – Caracas
Que en total suman 17.318 millas, o 27.870 kilómetros.

Estamos cansados, pero, sin duda, valió la pena. Gracias, unavez más, a todos esos buenos amigos por la compañía, el soporte y los buenos momentos que nos depararon.